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Restauración ecológica: algunos conceptos, postulados y debates al iniciar el siglo XXI

 

Óscar Sánchez

Consultor en conservación de vida silvestre. Correspondencia: Av. Ixtlahuaca 609, Col. Sánchez, Toluca 50040, Estado de México. Correo-e: teotenango@yahoo.com.

“Los Dioses Viejos le dijeron a un macehual:
es menester que tus hijos conozcan nuestro mensaje
de vida. Nuestra palabra está escrita en esta mazorca
de maíz pinto; has de esforzarte en entenderla y usar de ella.
El hombre, contento, tomó la mazorca y echó a correr, pero
en su prisa tropezó y la mazorca se desgranó en el suelo.

El macehual, súbitamente lloroso, quiso componerla;
pero no logró restaurar el orden original de los granos.
Había destruido el mensaje antes de entenderlo.
Por eso hoy, los descendientes de ese hombre sabemos
muy poco y enfrentamos un destino tan incierto”.

Óscar Sánchez
Nuevos relatos antiguos (cuentos inéditos)

 

INTRODUCCIÓN

 

Dos perspectivas contemporáneas confluyen en el tema de la restauración ecológica: por un lado, la plena demostración científica de que los ecosistemas no se hallan en estados estáticos de equilibrio, sino en flujo, con etapas sucesivas, unas de cambio drástico y otras de cambios paulatinos. Esto implica que ciertos tipos de disturbios en los ecosistemas forman parte de su dinámica normal (Pickett y White, 1985). Por otro lado, finalmente se ha generalizado la percepción de que los seres humanos debemos considerarnos, sin duda, parte actuante dentro de los procesos que ocurren en los ecosistemas, lo cual es especialmente relevante por la intensidad, extensión y recurrencia de los disturbios que logramos ocasionar y que suelen exceder, con mucho, a los que causan otros agentes bióticos.

La especie humana ha estado íntimamente vinculada con la mayoría de los ecosistemas naturales, en ese carácter histórico de actor trascendental respecto de los cambios que éstos han experimentado. En el continente americano, durante al menos 15 milenios, la humanidad ha coexistido con especies vegetales, animales, fúngicas y microbianas de distintos ecosistemas, mediante relaciones que tienen que ver con el alimento, el vestuario, la habitación, la salud y otros aspectos.

Hasta el advenimiento del paradigma “estandarizante” de los actuales mercados globales, la formación de las distintas culturas autóctonas, en múltiples regiones de la Tierra, fue una función directa de la interacción humana con otros componentes de la biodiversidad en cada sitio. Por ello, no es una mera coincidencia que las diferencias etnográficas entre pueblos oriundos de desiertos, de bosques templados, de selvas y litorales, y sus culturas respectivas, hayan sido tan notorias. Incluso entre pueblos originarios de selvas, en África, América, Asia y Oceanía, es claro que cada entorno selvático local determinó los materiales con que cada cultura contaría para satisfacer sus necesidades. A escala local, los humanos hemos construido cada cultura (incluidos los mitos y las expresiones artísticas según Levi Strauss, 1962), en función de elementos utilizables, existentes en el medio natural. Estas experiencias locales, generadas a través de milenios, implican algún manejo de los recursos, desde leve hasta intenso y que no puede ser ignorado.

El uso de elementos de la biodiversidad implica alteración de los ecosistemas locales. Mientras los grupos humanos fueron pequeños y nómadas, quizá la restauración no fue una preocupación para ellos pues, eventualmente, podrían pasar largos lapsos antes de que el grupo volviera a cazar y recolectar en un mismo sitio. Pero con el advenimiento de la agricultura, que ocurrió en varias partes del mundo, la vida se hizo más sedentaria y probablemente el uso de muchos recursos silvestres se intensificó localmente. Esto generó una nueva preocupación: la necesidad de dar algún tipo de mantenimiento al entorno natural cercano, para evitar que otros recursos –los no cultivables, como caza, leña, frutos silvestres, juncos para cestería, entre otros– se agotaran. Numerosos ejemplos de grupos indígenas en América muestran que éstos desarrollaron prácticas de manejo para restaurar, en alguna medida, los daños causados por el propio uso de las tierras y sus recursos bióticos. (Nabhan, 2003; Fowler et al., 2003). Tan antigua como esto es la noción intuitiva de la restauración ecológica. Por otra parte, las culturas nativas, aunque hoy severamente fragmentadas por los impactos de las sociedades industriales, aun mantienen una sabiduría ecológica significativa, basada en una larga experiencia de interacción con lugares particulares del planeta (Martínez, 2003).

Pero el esfuerzo por ejercer una mayordomía efectiva a favor del medio natural local se vio disminuido progresivamente, en particular por la aparición de un modelo para la producción económica a gran escala y con mercados de alcance global, basado en la promoción del consumo excesivo en los países ricos, y grandes exigencias en detrimento de los países pobres (en los que se concentra también la biodiversidad, fuente de materias primas). En unos cincuenta años (desde mediados del siglo XX a la fecha) el modelo económico de asalto al entorno natural propició que la escala del deterioro ambiental alcanzara grandes magnitudes. Por sí mismas, éstas rebasaron notoriamente los efectos de cualesquiera medidas locales de conservación y restauración que, a través de decenas de miles años, se hubieran desarrollado.

Hoy, dentro del marco general de la conservación de la biodiversidad, la restauración ecológica ha experimentado un nuevo pulso de interés. Este nuevo empuje busca, sobre todo, poder reaccionar (a tiempo y en las escalas correctas) ante el grave deterioro que han sufrido numerosos ecosistemas y procesos ecológicos. Para ello pretende aprovechar, como coadyuvantes, los conocimientos científicos, socioeconómicos y humanísticos actuales. En esta nueva fase, la propia diversidad de ecosistemas en el planeta igualmente ha significado que los enfoques, métodos y técnicas para la restauración ecológica sean muy variados. A esto se agrega que las distintas circunstancias, que rodean a cada caso particular, significan otro factor de complejidad en el abigarrado panorama de la restauración en el mundo.

Históricamente es posible detectar ejemplos de intentos de restauración ecológica “moderna”, antes de la llamada Revolución Industrial, pero en realidad el desarrollo de la restauración se ha intensificado recientemente, a partir de que los efectos del abuso se consideraron preocupantes y de trascendencia global (el abuso, claramente fue ocasionado por las demandas de la población humana, que creció explosivamente en la segunda mitad del siglo XX y por el desarrollo de mercados de consumo de gran escala).

Las enormes dimensiones de este fenómeno hacen difícil el abordaje de soluciones viables. En principio esto ocurre, aparentemente, debido a que la percepción y la actitud humanas suelen ser distintas cuando se refieren a lo mundial que cuando se relacionan con lo doméstico. Por un lado, la pérdida y la degradación de ecosistemas a escala mundial preocupan al individuo, pero esta preocupación no suele ocuparlo de manera directa pues, frecuentemente asume que las soluciones están fuera de sus capacidades y esfera de influencia. Por otro lado, para un individuo o grupo determinado, cuesta reconocer que muchas de sus actividades cotidianas (especialmente aquellas que le producen riqueza económica) son parte de los factores nocivos para la salud de los ecosistemas locales. Claramente se tiende a minimizar la parte local y personal de las causas que, sin embargo, son parte de la afectación global). Si reconocer esto resulta difícil, también lo es tomar una actitud responsable; y más aun emprender acciones concretas que puedan ayudar a revertir daños locales que, sin embargo, forman parte de la afectación global.

La lección central que parece derivarse de esto es que, mientras que la estrategia de restauración ecológica necesariamente debe tener una visión global, las acciones concretas de solución tendrían que abordarse a las escalas local y regional.

Hoy, al principio del siglo XXI, los retos de la restauración ecológica son múltiples, aunque sus bases conceptuales y operativas aún están en desarrollo. Pero dentro de este complejo proceso, quizá la pregunta más importante que haya que responder –y pronto– sigue siendo: ¿hacia qué estado deberíamos restaurar los ecosistemas? Esto lo expresan con claridad autores como Shrader-Frechette y McCoy (1995): "Because natural systems are in flux, how will management choose a point in time or any particular condition that can be called natural? Conceptual difficulties in defining a community or an ecosystem further complicate efforts to decipher the natural.” El punto de la difícil delimitación de la extensión física de los ecosistemas ha sido discutido también por Maass (2003) y por Sánchez (2003).

En los siguientes párrafos y en los capítulos subsecuentes de este libro, trataremos de adentrarnos en este debate y en sus diversas facetas.

 

Postulados generales de la restauración ecológica

Los ecosistemas no responden a finalidad alguna, es decir, no son entidades teleológicas (Maass, 2003). En realidad son conjuntos de factores bióticos y abióticos cuyos variados componentes interactúan, mediante adaptaciones locales mutuas desarrolladas a través del tiempo. Claramente las interacciones y sus circunstancias varían según los lugares y de un tiempo a otro, por lo cual puede decirse que los ecosistemas no tienen un estado particular que pueda considerarse como “óptimo”.

En todo caso, parece más justificable suponer que bajo un grupo dado de condiciones de estabilidad prevalecientes del medio físico y para lapsos relativamente largos, los componentes bióticos (plantas, animales, hongos y microorganismos), desarrollan una serie de interrelaciones cuyos resultados confluyen en una cierta apariencia del entorno, en una estructura general reconocible del ecosistema, en un composición particular de especies y, sobre todo, en una serie de funciones que se desarrollan, con cierta estabilidad y en una progresión más o menos clara, a través del tiempo. Por ello, aunque existen perturbaciones, mientras éstas no rebasen un cierto límite, un ecosistema natural suele tener una trayectoria general más o menos definible.

Los ecosistemas son entidades naturales que en función de su propia estructura, composición y funcionamiento, tienen algún grado inherente de resistencia a ciertos cambios originados por perturbaciones. Por otra parte, se ha demostrado que alteraciones relativamente modestas pueden ser absorbidas o “restauradas” de manera autónoma y eficaz por un ecosistema dado, el cual se reorienta hacia una trayectoria similar a la inmediata anterior al disturbio (esta propiedad elástica se conoce como resiliencia). Resistencia y resiliencia son propiedades emergentes de los ecosistemas (Maass, 2003). Esto significa que no están presentes en los componentes por separado, sino que son propiedades únicas, propias del conjunto llamado ecosistema.

Lo anterior le permite a los ecosistemas un cierto grado de estabilidad. Pero cuando la extensión, la magnitud y la recurrencia de las alteraciones son mayores, rompen la resistencia y ocasionan que las capacidades de resiliencia (recuperación de la trayectoria) de un ecosistema sean insuficientes. Es así que cambios cuantitativos pueden desencadenar cambios cualitativos en los ecosistemas, que muchas veces resultan poco reversibles. Pero en casos de ese tipo, la intervención humana puede ser la única respuesta viable para intentar recuperar la mayor cantidad posible de los componentes originales, de la estructura y de las funciones de un ecosistema dañado. Es un principio simple de entender –aunque difícil de poner en práctica– y, por si fuera poco, constituye la esencia de la restauración ecológica.

A escala mundial, en cada continente, los patrones de distribución de la biodiversidad obedecen a variadas razones, tanto de historia geológica y biogeográfica, como de las condiciones ambientales actuales. En el caso particular de México, la dotación de diversidad biológica es grande y, por ello, se nos ha considerado un país megadiverso. Pero tal como ocurre en muchos países de este tipo, la riqueza biológica no está concentrada en una sola región. Por el contrario, se halla distribuida en múltiples formas e integrada en muy distintos tipos de ecosistemas en toda la extensión nacional. Asimismo, históricamente la población humana ha logrado ocupar la mayoría de las áreas del país; por ello las interacciones de nuestra especie con el resto de los componentes de los ecosistemas también resultan diversas en tipos y magnitudes.

Pero volviendo al caso general, el proceso de ocupación y uso humano de ecosistemas ha implicado, progresivamente, el deterioro de muchos de ellos y por las más diversas causas. La afectación a la vida silvestre nativa comprende desde casos relativamente leves, hasta otros de remoción total de la cubierta vegetal original y sus acompañantes, animales, hongos y microorganismos. En función de los tipos y magnitudes de los factores que originan tales alteraciones, algunas de ellas son susceptibles de mitigación, pero otras no. Si se consigue mitigar oportunamente una alteración dada, en algunos casos el ecosistema local puede regresar, por sí mismo, a una trayectoria ecológico–evolutiva similar a la que tenía antes del disturbio, en tanto que casos de daño profundo requieren complejos y costosos intentos de “reparación” a través de actividades humanas, normalmente intensas y que, en general, apenas consiguen el retorno de una parte de los procesos que eran característicos del entorno en su estado nativo.

En la disciplina hoy llamada restauración ecológica hay un concepto que debe quedar claro: la diversidad actual en todas sus manifestaciones (genes, organismos, poblaciones, comunidades, ecosistemas), es consecuencia de los caminos seguidos por la evolución biológica en cada lugar. Esta evolución, a su vez, es consecuencia de la continuidad de los procesos ecológicos en los cuales –a través de períodos muy prolongados– esos componentes han estado interactuando como un todo funcional. Por esa razón es muy poco probable que las circunstancias ecológico-evolutivas originales de un ecosistema (i.e. aquellas previas a eventos de deterioro), se repitan exactamente. En consecuencia, el objetivo de la restauración ecológica no puede ser el regresar a un ecosistema al punto exacto en el que se hallaba antes de la alteración, sino propiciar que éste asuma una trayectoria de reparación congruente –tanto como sea posible- con los rasgos generales del entorno.

Puede decirse que existen condiciones que resultan sine qua non para la restauración ecológica. Si éstas no se cumplen, es poco probable que el resultado se logre o, si se alcanza, es poco probable que tal resultado tenga permanencia. Estas condiciones necesarias para la restauración incluyen, al menos:

a) la remoción o reducción al mínimo de las causas que originaron el deterioro y
b) la reconsideración efectiva de aquellas actividades humanas que originaron esas causas de daño, buscando la mayor compatibilidad posible de las actividades humanas con el funcionamiento ecosistémico.

 

En resumen, la expectativa respecto de la restauración ecológica es que, mediante una primera etapa de remoción de factores adversos y acciones subsecuentes que propicien la recuperación de trayectorias ecológicas similares a las originales, se induzca al ecosistema a asumir un curso autógeno de reparación.

La conservación de ambientes naturales y la restauración de sitios dañados son conceptos distintos pero, al mismo tiempo, son partes complementarias de una misma estrategia de supervivencia que, sin duda, requieren las sociedades humanas. En el mundo actual, la necesidad de mantener en el mejor estado posible aquellos ecosistemas naturales que han logrado persistir parece estar fuera de cualquier duda. En aproximadamente 30 años el concepto de la conservación ecológica ha arraigado en el gran público (muestra de ello es que la idea de las reservas ecológicas se ha convertido en un valor social de gran aceptación). Pero, lamentablemente, la extensión de las reservas ecológicas representa sólo una fracción ínfima de la superficie de las tierras y los mares del planeta. En contraste, la mayor parte de la vida silvestre del mundo, terrestre y acuática, se encuentra en cercana vecindad –o en franca superposición– con las áreas en las que los humanos desarrollamos actividades productivas; ésta es una situación propensa al conflicto.

Muchas de las actividades humanas orientadas al crecimiento económico siguen dependiendo de la extracción de organismos silvestres, de agua y de otros recursos abióticos, de la degradación de distintos ambientes naturales o, incluso, de la destrucción de ecosistemas. Algunas lesiones a los ecosistemas naturales ocurren por afectaciones directas y otras muchas por afectaciones indirectas. Algunos daños son deliberados y otros, inadvertidos.

Por todo ello, la conservación de ecosistemas y de especies nativas que están dentro de áreas protegidas debe complementarse con el rescate y la restauración de ecosistemas con sus comunidades características de especies, en aquellas áreas previamente afectadas por acciones humanas. Es urgente buscar soluciones creativas para conciliar las actividades humanas con la permanencia de un entorno natural que, a su vez, pueda hacerlas viables en el largo plazo.

Debe mantenerse en mente que “largo plazo” resulta un concepto móvil según el contexto y, a veces, según los distintos intereses humanos; pero para la permanencia y continuidad de los ecosistemas naturales, con un elemental sentido de solidaridad hacia nuestra propia especie, largo plazo debería entenderse como un lapso de al menos diez generaciones humanas.

Con estos antecedentes, el tema de la restauración ecológica actualmente queda delineado como un tema en construcción, más que como una disciplina plenamente consolidada. El debate de sus conceptos fundamentales, de sus postulados filosóficos y científicos, de sus enfoques, estrategias, métodos y técnicas, es una actividad vigorosa en nuestros días. Incorporar a un mayor número de científicos, técnicos y otros especialistas a este debate, equivale a reforzar nuestra capacidad de acceder a opciones viables de restauración que, al menos, permitan recuperar las estructuras y los servicios ecológicos más importantes de los ecosistemas dañados, así como una fracción significativa de la diversidad de formas de vida y especies nativas de cada uno de ellos.

La elección del tema de la restauración ecológica para esta publicación, con énfasis en México se basó, entre otros factores importantes, en que:

 

  • Una parte muy importante de la biodiversidad de México no se halla dentro de los límites de las reservas ecológicas y otros tipos de áreas protegidas.
  • La expansión humana continúa planteando crecientes demandas de bienes y servicios del medio natural, las cuales frecuentemente dan como resultado el deterioro de los ecosistemas nativos y, por ende, de los propios bienes y servicios que se demandan.
  • Las causas del deterioro son numerosas y distintas, en naturaleza, magnitud, historia, tendencias y grados de persistencia.
  • Muchas actividades humanas son, simplemente, incompatibles con la vocación natural de los ecosistemas en los que se hallan enclavadas y deben ser modificadas hasta que encuentren su punto de congruencia funcional con el entorno.
  • Una parte importante de los intentos actuales por restaurar ecosistemas, parcial o totalmente dañados, no necesariamente ha pasado por una etapa de remoción o de reducción significativa de las causas del deterioro.
  • Muchos proyectos de restauración se han basado en modelos desarrollados para tipos particulares de ecosistemas, en regiones no necesariamente similares a aquéllas en las que se intenta aplicarlos subsecuentemente.
  • En muchos casos, los criterios para la restauración ecológica son insuficientes, reduciéndose a la plantación de especies vegetales cualesquiera, con el único propósito de retención del suelo u otras consideraciones similares.
  • Muchos programas de restauración se reducen a una visión simplista de reverdecimiento de un área, sin considerar que las complejas interacciones entre múltiples especies nativas son lo que da a los ecosistemas sus propiedades características (de composición, estructura, función, adaptabilidad, resistencia y resiliencia ante cambios ambientales y, sin duda, sus opciones de evolución continua).
  • En muchos casos, la elección de las especies con que se pretende restaurar se basa en meros criterios indebidamente pragmáticos, como el que no importe si se trata de especies exóticas propias del otro extremo del planeta, con tal de que sobrevivan en el sitio de plantación o introducción.
  • En muchos casos se ha subestimado la importancia de la restauración del suelo, especialmente en casos drásticos de alteración de la cubierta vegetal nativa.
  • Muchos proyectos de restauración de ecosistemas dulceacuícolas solamente han tratado de restituir cuantitativamente el agua de un sitio, sin considerar suficientemente la importancia de la calidad del agua que se pretende retornar a los cauces, vasos y cuencas originales.
  • Muchos problemas de restauración de cuerpos de agua, lóticos y lénticos, se han desarrollado intentando el tratamiento de las aguas en los propios cuerpos, sin considerar la mayor efectividad de tratarlas directamente en cada fuente o microcuenca de emisión, antes de llegar a los cuerpos de agua receptores.
  • Programas oficiales, dedicados a incorporar tierras a la producción económica agrícola mediante desecación de cuerpos de agua, han confundido a la opinión pública al ir equivocadamente contra la vocación natural de distintos ecosistemas acuáticos, en lugar de promover la producción económica en función de las bondades propias de la vida acuática vegetal y animal originales.

 

Indisolublemente vinculada a las situaciones de conflicto entre el quehacer humano y la permanencia de la biodiversidad y sus funciones, la restauración ecológica es otra tarea pendiente que debe abordarse cuanto antes, especialmente en países megadiversos (Sánchez, 2003).

 

La restauración ecológica en general

Desde una perspectiva simplista, la restauración ecológica podría entenderse como lograr el retorno de un ecosistema dado al estado previo, del cual fue sacado como consecuencia de alguna actividad humana. Pero como se dijo antes, un ecosistema tiene propiedades emergentes; es decir, que surgen como resultado de haberse logrado un complejo nivel de integración entre sus componentes, bióticos y abióticos (Maass, 2003). Esto deja ver que la restauración ecológica no se reduce al mero hecho de plantar especies vegetales en un sitio, o de reintroducir especies animales espectaculares; por el contrario, es un proceso de emulación de estadios de sucesión de distintas comunidades biológicas conocidas en un sitio, hasta lograr que éstas tomen una trayectoria autónoma y viable de establecimiento permanente en el lugar.

Es momento para recordar lo antes dicho, acerca de que un ecosistema significa más que la simple suma de sus especies, comunidades y procesos componentes. Entre esas propiedades emergentes de orden superior destacan la resistencia y la resiliencia, las cuales, sin embargo, tienen límites. Si la resistencia se rompe, un ecosistema tiende a cambiar drásticamente; la resiliencia, asociada íntimamente con la complejidad del ecosistema original, tiende a “cicatrizar” daños, pero al igual que la resistencia, no es ilimitada. Una vez traspuesto el límite de ambas un ecosistema no puede volver, por sí mismo, a un estado similar al que tenía antes de una cierta perturbación trascendental.

Lo anterior tiene implicaciones, pues aquello que originalmente se había interpretado como un equilibrio llano entre los componentes de un ecosistema es, en realidad, el resultado de un delicado balance de procesos, que resulta esencialmente inestable. Para la escala y el modo de percepción humana, un ecosistema parece mantenerse estable (al menos en cuanto a sus componentes y estructura), en tanto no acontezcan eventos trascendentes de disturbio. Visto en plazos más largos que una vida o una generación humana, las propiedades de un ecosistema dado son el producto de una cadena de eventos sucesivos de perturbación y de estabilización temporal. Los factores de disturbio pueden tener orígenes muy distintos y efectos diferentes pero, además de su propia naturaleza, también la intensidad, la extensión y la recurrencia de los disturbios determinan si éstos son trascendentes o no. Por ejemplo, disturbios de baja intensidad que ocurren localmente (i.e. en escalas de espacio muy pequeñas para un ecosistema) y en una sola ocasión, suelen causar efectos que pueden ser compensados por la dinámica de los componentes y procesos del propio ecosistema. En un contraste extremo, cuando ocurren disturbios intensos en espacios amplios del ecosistema y de manera recurrente, todos los límites de compensación del ecosistema son excedidos, lo que trasciende en un daño profundo o en la remoción de componentes biológicos críticos.

Cabe mencionar que existen distintos casos que van al extremo de la remoción total de las formas de vida de un área dada. Por ejemplo, indudablemente una erupción volcánica arrasará con los ecosistemas en un paisaje determinado. Sin embargo, la existencia de germoplasma en regiones vecinas ofrece la posibilidad de recolonización del área y, aunque esto no sea necesariamente un hecho para todas las especies originales, sí puede serlo para una parte considerable de ellas. El proceso será largo, pero eventualmente irá construyendo nuevos ecosistemas, basados en algunas de las especies biológicas nativas aún disponibles. Este ejemplo quizá dé pie a preguntarse: entonces ¿tiene sentido intentar la restauración de un sitio devastado por un fenómeno natural? La verdad es que en eventos naturales de disturbio, a menos que hubieran afectado directamente a una comunidad humana, realmente no se justificaría emprender programas de restauración, sino que resulta muy razonable dejar que el sitio emprenda una nueva trayectoria, sin asistencia. Pero un caso muy distinto sería el de una área en la que, por ejemplo, una actividad industrial previa hubiera dejado suelos y aguas contaminados, sin vegetación, fauna ni otras formas de vida. La restauración allí resulta una actividad obligada, aunque represente un reto muy difícil (Chase y Boudouresque, 1987; Ward et al., 1996).

Lo anterior define los extremos entre los cuales se encuentra la especie humana, al confrontar eventos de perturbación ambiental trascendentes. Entre estos extremos deberemos encontrar maneras de apoyar la recuperación de los atributos de composición taxonómica, estructurales y funcionales de los ecosistemas, de manera que, en la medida de lo posible, el entorno siga ofreciendo condiciones propicias para la vida humana y para la vida silvestre en el largo plazo.

El caso que plantea la restauración es devolver un ecosistema a un estado en el cual se hayan recuperado la mayor parte de los componentes, procesos y atributos que lo hacen autosustentable. Esto significa devolverlo a un estado en el cual, bajo las condiciones que ahora prevalecen, sea capaz de retomar una trayectoria ecológica autónoma, continua hacia el largo plazo. Sin embargo, es posible que no se logre recuperar la trayectoria evolutiva original (al menos no para todas las especies eliminadas), lo cual es particularmente riesgoso en aquellos ecosistemas que contenían especies microendémicas, provenientes de linajes evolutivos cuya larga historia biogeográfica les dio origen por vicarianza u otros procesos irrepetibles.

El uso de los ecosistemas naturales siempre ha traído a mi mente un idea contenida en un viejo proverbio: si haces fuego, no puedes evitar el humo. Con base en esta metáfora, puedo decir que si se usa un ecosistema, inevitablemente se producirán consecuencias. Por ello, la aspiración de sustentabilidad del desarrollo económico –tan manoseada actualmente por políticos y otros personajes públicos, comúnmente sin mayor reflexión– tendría que basarse, sin la menor duda, en mantener las actividades humanas por debajo de los umbrales de resistencia y de resiliencia propios de cada ecosistema. Así, las consecuencias del uso se mantendrían en posibilidad de ser atenuadas por el propio ecosistema.

Pero en la mayor parte de los casos ya hemos trascendido esos umbrales gracias al consumo excesivo y desequilibrado, tanto entre países como entre grupos dentro de cada sociedad. Por lo tanto, no queda más que asumir una actitud dinámica, intentando restaurar al menos los componentes y procesos mayores de cada ecosistema alterado, modificar los hábitos de consumo desmedido, dispendioso e innecesario, y buscar alternativas para producir algunos de los bienes naturales que necesitamos, restaurando la riqueza y productividad de ecosistemas previamente dañados. Con ello, la esperanza es que la dinámica básica del entorno natural se recupere y –cruzando los dedos– que algunas de las especies, extirpadas por perturbaciones previas, hayan sobrevivido en algún sitio vecino y eventualmente recolonicen las áreas restauradas.

La necesidad de hacer reflexiones como las anteriores, ha conducido a algunos organismos internacionales a proponer definiciones operativas para la restauración ecológica en busca de unificación. Así, por ejemplo, la Society for Ecological Restoration, en su documento oficial más reciente, fruto del trabajo de un grupo de especialistas miembros (SER, 2002), plantea la siguiente definición: “Ecological restoration is an intentional activity that initiates or accelerates the recovery of an ecosystem with respect to its health, integrity and sustainability.” Esclarecedora en general, esta definición hace énfasis en la recuperación de la salud, la integridad y sostenibilidad del ecosistema; no obstante, al menos desde mi punto de vista, el concepto de “salud” de un ecosistema implica cierta ambigüedad y, a su vez, la integridad de un ecosistema resulta algo irrecuperable una vez que ha ocurrido un disturbio trascendente.

Indudablemente, el perfeccionamiento de una definición satisfactoria de restauración ecológica es una tarea colectiva, que tomará varios años más. Por mi parte propongo una pequeña contribución a este proceso de debate, proponiendo que la restauración ecológica es la práctica de acciones orientadas a propiciar una trayectoria de reestablecimiento de un ecosistema previamente alterado, en compatibilidad con las condiciones actuales y con la historia biológica del entorno, tal que enfatice una recuperación significativa de sus atributos originales de composición taxonómica, de rasgos estructurales y de funciones generales.

Además de seguir aportando esfuerzos al logro colectivo de una definición operativa de restauración ecológica, habrá que buscar la manera de unificar el lenguaje de esta especialidad. En numerosos reportes técnicos y otros textos es posible ver usos aún poco diferenciados de términos como restauración, rehabilitación, reclamación, remediación, mitigación, reverdecimiento, revegetación, forestación y reforestación, entre otros más. La Society for Ecological Restoration (SER) ha provisto un documento crucial: The SER Primer on Ecological Restoration (SER, 2002) en el cual se proponen conceptos unificadores, que resultarán indispensables para los lectores vinculados directamente con programas de restauración. Esperamos que el contenido del presente libro también contribuya a documentar el debate y la estructuración –conceptual y jerárquica– de estos y otros términos relacionados, para dotarlos de una mayor precisión y de mayor utilidad práctica. Lo exige el resarcimiento de los vastos daños causados al planeta en el curso de nuestra corta pero explosiva evolución como especie.

 

Algunos supuestos de la restauración

La restauración ecológica supone, entre otras cosas, la mejor restitución posible de los ciclos biogeoquímicos y de otros rasgos críticos de un ecosistema dado. Sin embargo, la complejidad intrínseca de los sistemas ecológicos y su importancia para la continuidad de la evolución de las especies hacen necesario que la restauración se emprenda: a) con especies oriundas del lugar y b) intentando reconstruir la estructura que guardaban los componentes originales del ecosistema antes del evento de disturbio humano responsable del daño.

Otro supuesto básico de la restauración ecológica es que, con un poco de ayuda humana, es factible inducir el retorno de un ecosistema dado hacia una trayectoria biótica y abiótica más o menos similar a la que tenía antes del deterioro. Bajo tal supuesto los prerrequisitos de una restauración razonada quizá debieran incluir, entre otros:

 

  • disponibilidad oportuna de un inventario suficiente de la biodiversidad original del sitio de interés,
  • disponibilidad de un conocimiento suficiente sobre la estructura de las especies dominantes en el ecosistema antes del deterioro,
  • disponibilidad de un conocimiento suficiente acerca de los ciclos y procesos más importantes del ecosistema antes del deterioro,
  • disponibilidad de una idea suficientemente clara acerca de las escalas de espacio y tiempo en las cuales se desarrollaban los ciclos y procesos en el ecosistema antes del deterioro,
  • disponibilidad de un conocimiento suficiente sobre las presiones que originaron la alteración; su naturaleza y sus causas, su severidad, la escala espacial de los impactos, y sus posibilidades de recurrencia y frecuencia,
  • disponibilidad de alguna información acerca de las trayectorias ecológicas de los principales indicadores del ecosistema, antes del deterioro,
  • disponibilidad de información descriptiva e histórica, suficiente, acerca de las características sociales, económicas y políticas vinculadas al sitio que se desea restaurar,

 

Si no se ha logrado construir un inventario suficiente de la biodiversidad que era característica del sitio en su estado inicial (definido éste, convencionalmente, como el que prevalecía en tiempos históricos inmediatamente anteriores al momento de la alteración) será más probable que se cometan errores adicionales en la restauración. Uno de los más comunes es la introducción de especies exóticas a México (o incluso otras, provenientes de regiones distintas del país que, para el caso, no dejan de ser exóticas al área receptora). En el pasado, para muchos intentos de “restauración” se eligió, con un criterio simplemente pragmático, utilizar especies que pudieran sobrevivir en un área dada; esto no basta ni es lo adecuado pues, frecuentemente, el problema no es que una planta, animal u hongo exótico no se adapten sino, por el contrario, que lo hagan tan bien que inhiban, desplacen o eliminen especies nativas que son las que estamos obligados a conservar (Hobbs y Mooney, 1993). El obsoleto dogma de elegir para la restauración una especie considerando solamente su facilidad de adaptación local, debe desecharse cuanto antes. Una perspectiva de restauración razonada debe considerar la biodiversidad nativa de cada área, de manera que se devuelva en lo posible el potencial ecológico y evolutivo anterior a los daños causados a ecosistemas locales.

Algunas especies dependen, para su existencia continua, de que un cierto hábitat local mantenga las condiciones abióticas y bióticas que prevalecieron durante millones de años. Otras especies, también nativas, por mucho tiempo originaron y mantuvieron hábitat críticos con su mera presencia. Estas complejas relaciones hicieron surgir las propiedades de los ecosistemas en cuanto a composición taxonómica, estructura, ciclos, resistencia, resiliencia y otros procesos incluyendo los evolutivos (que a diferencia de los ecológicos, ocurren en escalas no de miles sino de cientos de miles o millones de años). Un buen conocimiento de la estructura y de las funciones que tenía, antes del daño, un ecosistema el cual se pretende restaurar, ayudará a elegir las especies locales formadoras de hábitat más importantes, en función de la dinámica de la sucesión vegetal conocida para el área de interés.

En muchos casos se tiene alguna idea de los procesos propios del ecosistema original, lo cual en mucho puede ayudar a proponer una secuencia factible de etapas de restauración, que emulen lo mejor posible las etapas de sucesión conocidas de la vegetación (y de la fauna, la fungia y la microbiota, en un proceso concomitante). Muchas especies solamente se reestablecerán si sus entornos y nichos característicos ya se hallan disponibles en un ecosistema sujeto a restauración. Esto destaca la importancia de conocer lo esencial de los procesos de sucesión locales, lo que permitirá evitar la introducción de especies nativas sensibles, antes o después del tiempo en que esto resultaría más adecuado. Por supuesto, resulta fundamental una visión clara de las escalas de tiempo y espacio respecto de los procesos involucrados (Clewell, 1999).

Una de las principales metas de la restauración ecológica es tratar de revertir, en forma significativa, los procesos de deterioro causados por las actividades humanas. A diferencia de catástrofes naturales como las ya mencionadas (erupciones volcánicas, huracanes u otros) los cambios provocados al ambiente por actividades humanas tienen tres características muy relevantes: suelen ser severos, recurrentes y, en casos, frecuentes, lo que no deja tiempo suficiente en el cual las especies nativas pudieran reubicarse y readaptarse. Me atrevería a llamar a ese tipo de alteraciones disturbios de degradación progresiva. En casos de ese tipo, al proceso de extinción natural de especies se suma la extinción muy acelerada inducida por nuestras actividades. En rigor la restauración debería estar dirigida a reducir (o eliminar, si es posible) los factores de perturbación de origen no natural, de modo que éstos no afecten irreversiblemente a los procesos de supervivencia y extinción de las especies propias del área.

Bajo ciertas circunstancias, la mera suspensión de actividades humanas que son deletéreas para un ecosistema puede proveer las condiciones básicas para la restauración, en forma autónoma, especialmente si la extensión del daño es pequeña, o si existen áreas aledañas que cuenten con germoplasma nativo local (microorganísmico, vegetal, fúngico y animal) y si no existe una secuela de contaminación residual de larga duración en suelos, agua y aire. En esos casos, varias especies pioneras pueden reiniciar la secuencia de colonización y restablecimiento de la vida silvestre local de manera continua y, en consecuencia, la recuperación de las propiedades de orden superior del ecosistema (resistencia, resiliencia, entre otras.). Para esas circunstancias la actividad principal de un restaurador, aparte de vigilar que las causas del deterioro no regresen, debiera ser, al menos, el seguimiento cercano de la marcha de los procesos de sucesión vegetal y animal.

Sin embargo, es más frecuente que la extensión y magnitud de los daños causados por actividades humanas sean considerables e, incluso, que tengan efectos sinérgicos con otros factores ambientales; por ejemplo, un daño severo, causado en un área grande, que se ha dejado contaminada y en cuyos alrededores ya sólo existen vestigios del germoplasma original, tiene muchos factores adversos. Esto implicará una dificultad mucho mayor para propiciar procesos de recolonización natural (Wiens, 1997). Estos casos representan los verdaderos retos para la restauración ecológica, pues para ellos habrá que proponer métodos tanto ingeniosos como viables (y aceptables) para revertir los efectos del grave deterioro.

En suma, los supuestos y fundamentos de la restauración ecológica requieren que todo esfuerzo práctico sea precedido por un razonamiento claro, basado en la evidencia biológica, la historia del sitio en varias escalas de tiempo, el conocimiento de las causales de deterioro, su extensión, severidad y recurrencia, así como los alcances y posibilidades reales de su eliminación o reducción. Igualmente, es importante que todo proceso de restauración ecológica se plantee posibles objetivos concretos, a la escala adecuada y con el énfasis puesto en la recuperación a largo plazo.

 

Otros aspectos de debate actual sobre la restauración

La mayor parte de las opiniones y algunos textos actuales sobre restauración versan acerca de la restauración de los componentes vegetales. En ellos generalmente se hace énfasis en componentes que son dominantes o que, estructuralmente, dan su fisonomía general al paisaje natural. Son mucho menos los textos que se refieren explícitamente a otros tipos de especies vegetales, o a la restauración integral (incluyendo enfoques florísticos, faunísticos, fúngicos y microorganísmicos).

Por ejemplo, los hongos frecuentemente son subestimados en programas de restauración, a pesar de que muchas especies fungales resultan cruciales (principalmente mediante procesos micorrícicos asistidos por la actividad animal; Maser et al., 1978) en el establecimiento de especies vegetales importantes en los ecosistemas. Muchas relaciones de interdependencia entre muy distintos elementos de flora, fungia, fauna y otros, son poco conocidas y esto constituye un factor de déficit, que es importante remontar para mejorar el panorama actual de la restauración ecológica.

Por otra parte, los procesos de restauración que se han emprendido no superan, en los mejores casos, los 50–100 años; esto significa que a las escalas de tiempo en que ocurren muchos procesos ecológicos y evolutivos, aun no sabemos qué tan permanentes y exitosos serán los resultados de tales esfuerzos. Esto subraya la necesidad de ir documentando mejor los esfuerzos de restauración emprendidos, procurando instalar esquemas sistemáticos para el seguimiento de los resultados y para mejorar estudios comparativos (Westman, 1991; Sánchez, 2000).

Para verificar si se están obteniendo los efectos deseados de la restauración ecológica, naturalmente se requiere disponer de una idea mínima acerca de la trayectoria esperada del ecosistema en restauración. Pero no se trata de un asunto menor; existe evidencia de casos en los cuales la trayectoria de sucesión en un ecosistema, originalmente supuesta por un equipo de restauradores, se ha apartado de lo esperado (Zedler y Callaway, 1999). Esto puede ocurrir debido a factores circunstanciales, a un conocimiento insuficiente de la sucesión en el tipo de ecosistema de que se trate (bosque, selva o humedal, sólo como ejemplos entre muchos más), a errores en acciones específicas de restauración, a la persistencia de secuelas de contaminación o erosión derivadas de las actividades que originaron el disturbio, u otros.

Para ello, otra necesidad sobresaliente en el momento actual es reunir la mejor información que sea posible en relación con proyectos de restauración en marcha, en relación con sus supuestos, su organización, sus acciones y los resultados de éstas. Por razones históricas, la mayor parte de la literatura acerca de restauración se relaciona claramente con ecosistemas templados, en tanto que los subtropicales y los tropicales son entornos en los cuales la restauración ha dependido más del impulso intrínseco de la vida silvestre que de acciones claramente exitosas por parte de los humanos, más interesados en la producción de madera y otros bienes que en la restauración integral de los ecosistemas (véase, por ejemplo, Lieth y Lohmann, 1993). Los resultados obtenidos de la restauración de humedales en México también están en espera de ser documentados de manera más contundente.

La definición de tipos generales de trayectorias de sucesión ecológica, para distintas clases de ecosistemas en diferentes regiones, es un asunto cuyo desarrollo aun es incipiente. La acumulación de más y mejor evidencia al respecto permitirá alimentar el actual debate, acerca de qué tanto los procesos de restauración de ecosistemas naturales pueden inducirse y preverse, y qué tanto el resultado final depende de las circunstancias actuales (distintas de las originales) y de factores estocásticos (Zedler y Callaway, 1999). Si éste es un trabajo arduo en países con una biodiversidad limitada, lo es más aun en países megadiversos.

La sustentabilidad es otro concepto que continúa sujeto a debate. Y lo está, en principio, porque la capacidad de los recursos naturales para regenerarse –en calidad y cantidad– tiene un límite y, si bien algunos ecosistemas son capaces de mostrar resistencia y resiliencia iniciales buenas, ante demandas de extracción moderadas, ante una demanda reiterada o mayor pierden esa capacidad. El punto de discusión es si realmente puede existir compatibilidad entre las demandas actual y futura de esos recursos, y las capacidades reales de regeneración autónoma de los ecosistemas naturales, en caso de que los modelos de producción y consumo no cambien. Se remite al lector a Jordan (1995) para una discusión a fondo sobre estos temas.

Un ejemplo que ilustra claramente este debate acerca de la sustentabilidad es el relacionado con la restauración de bosques boreales del noroeste de Norteamérica, una vez cortados con propósitos comerciales. Alrededor de 1990, los proyectos tradicionales de uso forestal (i.e. los basados en la remoción total de material maderable dejando claros evidentes) comenzaron a preocupar a una nueva generación de especialistas en asuntos del uso forestal. Los datos (que al menos era algo de lo que se disponía) indicaban que muchos bosques no se habían alterado significativamente por el uso de la madera sino hasta que, concluida la II Guerra Mundial, la demanda experimentó un vigoroso incremento relacionado con la expansión industrial (Harris, 1984). Esas personas, preocupadas por la pérdida de biodiversidad atribuible a las prácticas forestales tradicionales, propusieron un enfoque distinto a la remoción total y que se basaba en el corte selectivo de cantidades moderadas de madera, a fin de no afectar demasiado la estructura, las funciones y la propia restauración autógena en las áreas sujetas a uso.

Lertzman (1990) definió esa Nueva Forestería como “forest management with timber production as a by-product of its primary function: sustaining biological diversity and maintaining log term ecosystem health”. El postulado básico de esta tendencia era dejar, tras el corte, un “legado biológico” consistente en árboles verdes en pie, árboles secos en pie, troncos caídos, arbustos y otros materiales de desecho. Con ello se proponía facilitar la restauración de los daños causados por el aprovechamiento, promoviendo así un más rápido retorno a los procesos naturales, partiendo de un entorno con daños menos drásticos. Otros promotores de la llamada Nueva Forestería expresaron que parte de la filosofía de esta era una actitud de humildad en el manejo forestal, dado lo incompleto de nuestro conocimiento (Franklin et al., 1989).

Pero, simultáneamente, para los expertos forestales tradicionales, cuyo enfoque estaba evidentemente basado en maximizar la producción de madera por acre, la visión era muy distinta. Como ejemplo, Atkinson (1990) escribió: “For whatever its virtues, New Forestry will not produce anything like the timber that can be produced under plantation forestry”…” The wood supply situation is too serious for hobby silviculture”…”We see a tremendous increase in world population and soaring demand for wood products. Where are we going to grow wood?”

A ambos grupos contendientes les importaba restaurar el bosque, pero mientras que a los técnicos forestales con educación tradicional les interesaba la recuperación de especies arbóreas de interés económico (i.e. producir calidad y cantidad de madera), el objetivo de los proponentes del otro enfoque era restaurar ante todo la biodiversidad y considerar la cosecha mesurada de madera como un subproducto deseable del manejo forestal.

El debate se recrudeció cuando una especie de ave asociada con bosques antiguos (el búho manchado, Strix occidentalis) se incluyó en la ESA (Endangered Species Act). Esto obligó legalmente a conservar extensiones de bosque antiguo, sin tocarlas en absoluto. Mientras ecólogos y promotores de la Nueva Forestería celebraron el acontecimiento, las airadas protestas de los leñadores comerciales (principal ocupación económica por cientos de años en Oregon y Washington) propiciaron, incluso, remociones de personas en cargos muy altos de la autoridad forestal norteamericana. El debate acerca de cuál parecía ser la mejor manera de cortar árboles y de restaurar los ecosistemas así alterados continuó durante algunos años y aún hoy existe, en tanto que la evidencia indica claramente que ninguno de los dos enfoques garantiza el retorno del ecosistema a un estado previo deseable para todos. Como se dijo en párrafos anteriores, las trayectorias de la restauración pueden depender de situaciones locales propias de la región (y de factores aleatorios), así como de los métodos para propiciarla.

En algún momento se propuso que podría hallarse una solución intermedia para propiciar la restauración ecológica de esos bosques del noroeste de los Estados Unidos de América, manteniendo su potencial de producción económica. Se sugirieron, entre otros temas: el hacer claros razonablemente dimensionados y separados entre sí; el efectuar un solo evento de corte cada 50 o más años; dejar la materia muerta en el claro, aunque quizá permitir su colecta parcial como leña; dejar árboles –tanto vivos como secos en pie– para uso de fauna silvestre en el borde de cada claro y replantar los claros con especies nativas de interés. No se logró un acuerdo pleno en esos años, aunque hoy las posibilidades para ello parecerían relativamente alentadoras.

Las controversias no se han zanjado del todo, especialmente porque la evidencia de los resultados de la restauración, bajo uno u otro esquema, requiere acumularse para plazos mucho más largos que 50 años. En cualquier caso, si algo ha sido incuestionable en todo este asunto, es la demostración de un hecho: o la demanda de madera se racionaliza, o no habrá enfoque filosófico –ni método de manejo forestal alguno– que logren “estirar” los límites de integridad, productividad, resistencia y resiliencia de los ecosistemas. De hecho, con los actuales niveles de consumo, la sustentabilidad de los aprovechamientos forestales queda en entredicho bajo casi cualquier esquema de uso y pretendida restauración de bosques.

La historia relatada en párrafos anteriores está ocurriendo en una región biológicamente menos diversa que las existentes en México, sucede en un país en el cual las regulaciones del aprovechamiento forestal tienden a ser estrictas y en general se cumplen cabalmente. Aun así, el debate parece centrarse en los métodos y técnicas de uso y restauración y no en la moderación del consumo. Como contraste, sólo hay que imaginar lo que ocurre en países en los cuales la tala clandestina no permite siquiera disponer de tiempo para deliberar sobre los métodos menos lesivos para aprovechar un recurso forestal, sino que arrasa con todo a la primera oportunidad que se le presenta. En países biológicamente muy diversos y con grandes problemas sociales y económicos, obviamente incluido México, además de la obligación de conservar las extensiones relativamente naturales que han quedado, una necesidad fundamental es buscar, lo antes posible, métodos que permitan inducir algún grado de restauración en las muchas áreas previamente taladas, promoviendo una recuperación parcial de la biodiversidad nativa de cada área, al tiempo que también se contribuye a combatir la irracionalidad de los modelos de hiperconsumo global.

La protección de especies, comunidades, paisajes y ecosistemas, en áreas legalmente establecidas para ello, es sólo una parte de las tareas necesarias. La otra, más compleja y desafiante, es la restauración ecológica de numerosos sitios, terrestres y acuáticos, en los que la riqueza natural nativa ha sido objeto del dispendio propio de estrategias de desarrollo equivocadas (tendencia sin duda reforzada por las tensas relaciones económicas globales). Lo que es claro, es que una parte muy considerable del territorio nacional ya se halla en urgente necesidad de restauración ecológica.

El qué y el por qué de la restauración pueden ser abordados con mayor facilidad que el cómo. Aunque el debate es multifacético y no ha concluido en modo alguno, es tiempo de replantear estrategias y métodos de restauración ecológica, en busca de soluciones prácticas que permitan la supervivencia humana y del resto de la biodiversidad en el largo plazo.

Para poder recapitular acerca de aciertos y errores de nuestras acciones de restauración es necesario publicar más informes científicos relacionados con proyectos de restauración ecológica en México. Todo esto aportará nuevas evidencias que cuestionen nuestros actuales paradigmas y que nos permitan ajustar nuestra percepción de la realidad.

 

¿Es posible definir lineamientos generales para la restauración?

Como se explicó arriba, son muchos los factores que intervienen en procesos de restauración ecológica. Esto hace que la incertidumbre sea un aspecto invariablemente presente en los programas dirigidos a ese fin. Sin embargo, en la mayoría de las instituciones que tienen que desarrollarlos, suele requerirse la definición de objetivos y metas específicas; esto significa potenciales complicaciones. Entonces ¿es posible aspirar a definir lineamientos generales para la restauración ecológica?

Es claro que sería poco realista definir protocolos generalizados para lograr resultados específicos de restauración en cada uno de los distintos ecosistemas. Pero en todo caso, al tratarse con sistemas que involucran alta incertidumbre respecto de la obtención de resultados positivos, puede al menos recurrirse al mayor apego posible a ciertos lineamientos, con fundamento y sentido científico. Sin olvidar nunca que la restauración ecológica requiere tratamiento caso por caso, algunos puntos generales a considerar podrían incluir:

 

  • Desarrollar, como punto de partida, una reconstrucción histórica de las características (fisonomía, extensión, composición taxonómica, estructura y funciones) del ecosistema original que se pretende restaurar, acotando la época o fecha a la cual se refiere dicha reconstrucción.
  • Describir la historia del deterioro enfatizando las causas, la importancia relativa de cada una de éstas y sus principales correlaciones con fenómenos sociales y económicos.
  • Definir si los agentes causales del deterioro ya desaparecieron o si se mantienen vigentes.
  • Definir hasta qué punto las condiciones que prevalecen actualmente en el área permitirán la recuperación del ecosistema hacia la condición convencionalmente definida como meta.
  • Definir, si las condiciones no fueran favorables, cuáles son éstas y cuáles sus magnitudes.
  • Definir un plan de acción que procure, como primera fase, remover permanentemente los agentes del deterioro del ecosistema original y las condiciones que son negativas para la restauración.
  • Buscar que el diseño de la restauración ecológica promueva la recuperación de la composición taxonómica, de la estructura, de las funciones del ecosistema y de sus relaciones con otros (tanto en lo abiótico como en lo biótico).
  • Explorar la aceptabilidad que tendría el eventual programa de restauración, en función del entorno social-económico que prevalezca en el área; con especial atención a las aspiraciones propias de las comunidades humanas locales, en términos del futuro que desean.
  • Definir si es necesario emprender una fase de reacondicionamiento del suelo y el agua presentes, antes de proceder a otros aspectos de la restauración.
  • Evaluar cuáles son las posibilidades de arribo de germoplasma nativo, una vez que se remuevan las condiciones desfavorables y los agentes causales del propio deterioro.
  • Aprovechar la llegada de plantas y otros organismos “voluntarios” nativos, provenientes de ecosistemas naturales vecinos. Esto hace más fácil restaurar procesos complejos como los de polinización especializada, mutualismo y muchos otros más.
  • Buscar que la inducción de fases de sucesión ecológica siga un orden similar al conocido para cada tipo de ecosistema, al menos hasta que la biota del área presente tendencias de autoorganización sin necesidad de insumos.
  • Procurar, hasta donde sea posible, la integración natural del área restaurada con el aspecto del paisaje natural remanente.
  • Mantener un seguimiento puntual de la llegada de especies exóticas invasoras al área de restauración, procurando evitar su establecimiento por todos los medios posibles.
  • Diseñar un sistema de seguimiento, objetivo y sistemático, del estado que guarda el área sujeta a restauración, dejando claramente establecidos los indicadores que resulten más apropiados para la escala y tipo de caso que se trate y un método estándar para medir sus variaciones, referidas al espacio y al tiempo.

 

Sólo la práctica permitirá saber hasta qué punto es factible que estas recomendaciones funcionen para casos particulares. Por ahora, la convergencia de distintos sectores sociales, que ya empieza a darse en la tarea común de la restauración ecológica, aparece como un campo fértil para el desarrollo de puntos de vista más objetivos y para la propuesta de nuevos conceptos, modelos, métodos y técnicas. La sistematización de las experiencias previas y la publicación de sus resultados, proveerán mejores materiales para realizar análisis críticos que permitan evaluar la efectividad y permanencia logradas.

Paralelamente cabe esperar que, si se tiene éxito en la homogeneización de criterios entre los distintos actores de la restauración –principalmente de la sociedad civil, académicos, oficiales de gobierno y políticos– podrán darse actividades sinérgicas positivas para recuperar, al menos en parte, la biodiversidad hoy amenazada en sus distintos niveles de organización. Hay que confesar que esto puede calificarse, hoy, como un simple pensamiento esperanzado; pero según creo, es posible transformarlo en acciones y resultados concretos durante el resto del siglo XXI.

 

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Última Actualización: 15/11/2007