El
sector pesquero
Daniel
Lluch-Cota*
LOS EFECTOS DEL CAMBIO climático global (CCG) sobre la
pesca suelen ubicarse en el contexto de una actividad que, de
por sí, enfrenta problemas de sustentabilidad. La sobrexplotación,
el sobredimensionamiento de la capacidad instalada, los conflictos
entre flotas y con otras actividades, un manejo que ignora la
variabilidad ambiental y la incapacidad para imponer medidas regulatorias
en la práctica, son aspectos recurrentes de una situación
mundial que, según el IPCC (Everett et al. 1995), tenderá
a agravarse ante el cambio climático global. No hay duda
de que el caso mexicano repite algunos aspectos de esta problemática;
no obstante, también presenta particularidades a considerar
al intentar evaluar la vulnerabilidad de la pesca nacional.
CARACTERÍSTICAS
DEL SECTOR
Con
1.4 millones de toneladas anuales, 1.5% de la captura mundial,
México es uno de los primeros 20 países pesqueros.
El sector aporta alrededor de 0.7% del PIB nacional, y emplea
cerca de 1.3% de la población ocupada (INP 2000). Estas
cifras suelen ser interpretadas como indicativas de una actividad
económica menor; no obstante, la perspectiva correcta para
dimensionar la actividad es la regional: casi dos tercios de la
producción proviene de cuatro estados (Sonora, Sinaloa,
Baja California y Baja California Sur). De hecho, fuera del noroeste
mexicano existen pocas pesquerías de gran escala (p. e.,
atún en el Golfo de Tehuantepec, camarón en el Golfo
de México). La mayor parte de la captura se basa en unos
pocos recursos masivos: los pelágicos menores (sardinas
y anchoveta) y mayores (atún), el calamar y el camarón.
Por su elevada movilidad y su distribución oceánica,
los recursos masivos son capturados principalmente por la flota
mayor, integrada por unos 3,400 barcos. Salvo la del camarón,
las pesquerías masivas tienen aún potencial de crecimiento
(INP 2000). Incluso existen todavía recursos no explotados
(p. e. langostilla y merluza) capaces de aumentar significativamente
la producción nacional (Balart y Castro-Aguirre 1995).
Otras pesquerías importantes son las de algunos recursos
bentónicos; el abulón, la langosta, el erizo y el
pulpo, de bajas capturas pero elevado valor, y que han sido ya
plenamente explotados e incluso sobrexplotados (INP 2000). Éstos,
junto con las masivas, son pesquerías industriales. En
el otro extremo están numerosas pesquerías artesanales,
basadas en diversos recursos cuya captura individual es marginal.
En general éstos son explotados por la flota menor; unas
100,000 lanchas o pangas cuya baja capacidad de navegación
se corresponde con recursos bentónicos, o poco moviles,
y de distribución costera. Si bien sus volúmenes
son bajos, las pesquerías artesanales son muy relevantes
en términos sociales al ocupar a una proporción
mayor de personas.
CLIMA
OCEÁNICO REGIONAL
Las
diferencias en el desarrollo pesquero regional resultan, en principio,
del imperativo geográfico del clima oceánico (ver
el capítulo Clima oceánico: los mares mexicanos
ante el cambio climático global, de A. Gallegos, en la
sección I). La mayor parte del litoral mexicano, incluyendo
el Golfo de México y la costa del Pacífico desde
la frontera sur hasta el Golfo de California, corresponde a la
región tropical. Típicamente la fauna tropical es
muy diversa; es decir, la producción biológica se
reparte entre numerosas especies, sin que ninguna de ellas, por
lo general, alcance biomasas mucho más elevadas que el
resto. Éste es el marco de muchas pesquerías artesanales
que tienen lugar dentro y en torno de esteros, lagunas y bahías.
La costa occidental de Baja California corresponde al límite
sur del sistema de la Corriente de California, de características
templadas, y al límite norte de la región tropical:
es, por lo tanto, una zona de transición climática
y biológica. A diferencia de la tropical, la fauna templada
suele ser menos diversa, con dominancia de unas pocas especies
(incluida la generalidad de los recursos masivos) que concentran
buena parte de la producción biológica, alcanzando
grandes biomasas.
El Golfo de California también presenta características
tropicales con una fauna diversa (además de un nivel elevado
de endemismos); no obstante, comparte con la costa occidental
de la península un aspecto determinante para la producción
biológica y pesquera en el medio marino: las surgencias,
que determinan las regiones pesqueras por excelencia. Su descripción
puede consultarse en otros textos (Mann y Lazier 1991); basta
señalar aquí que las surgencias sostienen las más
altas productividades observadas en regiones oceánicas
al traer a la superficie aguas profundas, frías y ricas
en nutrientes.
La energía puede ser aportada por el viento, como ocurre
en la costa occidental de la península, en la de Sonora
y Sinaloa, y en el Golfo de Tehuantepec; todas estas regiones
en las que ocurren importantes recursos masivos. Además,
en la región central del Golfo el agua es forzada por las
mareas a través de los canales y fondos bajos alrededor
de las Grandes Islas (Ángel de la Guarda y Tiburón),
resultando también en surgencias. Ambos mecanismos confieren
al Golfo características transicionales, y lo hacen la
zona pesquera más importante de México y una de
las regiones más productivas del océano mundial
(Álvarez-Borrego y Lara-Lara 1991).
ESCENARIOS
E IMPACTOS POTENCIALES
La
mayor limitante para evaluar la vulnerabilidad de la pesca al
CCG es que no existen, para los mares mexicanos, escenarios formales
(i.e. derivados de la modelación) a escala regional. Esta
carencia impone opciones menos adecuadas: una, extrapolar al medio
marino los escenarios establecidos para el clima terrestre; la
otra, intuir los cambios regionales a partir de escenarios del
clima marino referidos a escalas espaciales mayores.
Por ejemplo, un escenario del IPCC (Albritton et al. 2001) anticipa
un incremento global en el nivel medio del mar (ver el capítulo
El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático,
PICC, de M. Ávalos, en la sección II). Sus impactos
ecológicos, entre los que se menciona la destrucción
de hábitat costeros críticos para diversas especies
(Costa et al. 1994), dependerán de la velocidad con la
que el cambio ocurra. Para el Pacífico mexicano, el ritmo
de incremento global de 1-2 mm por año parecería
menor, considerando la adaptación que exhiben dichos ecosistemas
ante variaciones naturales mucho más amplias (p. e., en
eventos El Niño). En contraste, para el Golfo de México
se han identificado riesgos elevados para regiones particulares
(Ortiz y Méndez 2000), e impactos potenciales considerables
en pesquerías como la del camarón (Park1991).
Para el clima terrestre, el CCG podría resultar en incrementos
de la temperatura y la precipitación (Magaña et
al. 2000). Estas variaciones tienden a acompañar el desarrollo
de eventos El Niño en el noroeste mexicano, cuya mayor
frecuencia es también un posible escenario del CCG (Trenberth,
1999) (ver el capítulo Consecuencias presentes y futuras
de la variabilidad y el cambio climático en México,
de V. Magaña et al., en esta sección). Regionalmente,
El Niño reduce la biomasa fitoplanctónica, modifica
la distribución de recursos masivos, y suele resultar en
detrimentos de recursos bentónicos de alto valor. Aunque
la captura de camarón tiende a aumentar, el balance general
de estos eventos parece negativo para la pesca nacional (Lluch-Cota
et al. 1999a).
La certidumbre en torno de este escenario, aunque adverso, permitiría
al sector pesquero nacional explorar sus alternativas de adaptación
y mitigación. No obstante, no es el único escenario
posible. Bakun (1990), por ejemplo, sugirió que el calentamiento
global, al incrementar el gradiente térmico tierra-océano,
resultaría en una intensificación de las surgencias
y en mayor productividad biológica, especialmente de recursos
masivos como los pelágicos menores. Ambos escenarios, radicalmente
diferentes, permiten inferir la gran incertidumbre que existe
respecto de los impactos más probables en el nivel regional.
Incluso si existiera certeza en cuanto al escenario, el hecho
de que las respuestas biológicas en general son no lineales
(Cury y Roy, 1989) impide la generalización y obliga al
análisis caso por caso. Por ejemplo, el colapso de la sardina
en el Golfo de California en 1989 (de 300 mil a 3 mil toneladas)
obedeció en parte a una intensificación del viento
que rebasó los niveles óptimos para el desarrollo
de las fases larvarias (Lluch-Cota et al. 1999b); pese a que,
como se mencionó, ello parecería un escenario «favorable».
Finalmente, debe considerarse que la señal del CCG, cualquiera
que sea, no es la única ni, al menos de momento, la más
importante fuente de variabilidad regional. De hecho, las posibles
tendencias del cambio global son muy poco evidentes en la generalidad
de los registros oceánicos regionales, dominadas por el
ENOS y por fluctuaciones decenales e interdecenales naturales
de mayor amplitud. La más conocida es la Oscilación
Decadal del Pacífico (PDO. Mantua et al. 1997), cuya interacción
con el ENOS parece explicar la mayor parte de la variabilidad
térmica a escala regional (Lluch-Cota et al. 2001). Por
la dominancia de sus señales, puede anticiparse que las
variaciones del PDO y otras oscilaciones naturales modularán,
reforzando o cancelando, cualquiera de las tendencias resultantes
del CCG en el clima marino del Pacífico mexicano. El equivalente
podría presentarse en el Golfo de México ante la
Oscilación del Atántico Norte (Hurrel 1995), otra
señal decenal cuyos efectos regionales han sido muy poco
analizados.
La variabilidad decenal tiene además efectos ecológicos
muy significativos; es, por ejemplo, la relacionada con las grandes
variaciones en la abundancia y distribución de los pelágicos
menores, indicativas de cambios mayores en la estructura y el
funcionamiento del ecosistema (Lluch-Belda et al. 1992). Su interacción
con las tendencias derivadas del cambio global será determinante
respecto de los impactos del CCG en los principales recursos pesqueros,
especialmente los masivos y los bentónicos de alto valor.
VULNERABILIDAD
Y ADAPTACIÓN
Es
claro entonces que el conocimiento actual no permite anticipar
los efectos del CCG en la pesca nacional. En materia de predicción
climática, los escenarios globales potenciales más
desarrollados para el ambiente terrestre, son aún inciertos
y hasta contrarios para el medio marino. Es mucho lo que deberá
avanzarse en los próximos años en la instrumentación
de modelos con la resolución espacial y temporal que permita
analizar a escala regional las variables, estructuras y procesos
oceánicos más significativos desde el punto de vista
ecológico. Es además crítico que dichos esfuerzos
incorporen la variabilidad natural: dada su magnitud, ninguno
de los escenarios que se deriven de dichos modelos sería
de utilidad práctica en ausencia de dicha consideración.
Colateralmente, es necesario desarrollar un conocimiento mínimo
sobre los efectos ecológicos de la variabilidad ambiental,
tanto la natural como la asociada al CCG. Hasta el momento dichos
efectos han sido apenas abordados para unas pocas especies, y
partiendo de un enfoque autoecológico que suele ignorar
la complejidad de la estructura, función y adaptabilidad
de los ecosistemas marinos. Finalmente, la modelación pesquera
(i.e. la que con fines de manejo intenta predecir las tendencias
de las poblaciones explotadas) podría empezar a considerar
al ecosistema como objeto de estudio y a incorporar los efectos
ambientales, lo que implica alejarse de sus enfoques más
tradicionales.
Es urgente avanzar en estas direcciones a fin de evaluar la vulnerabilidad
del sector pesquero ante el CCG; más aún, desde
ahora se requieren las acciones que mejoren su adaptación
a un entorno cambiante. Dentro de la incertidumbre derivada de
la falta de conocimientos suficientes, algo es seguro: con o sin
cambio global, la actividad pesquera seguirá coexistiendo
con una variabilidad cuyos efectos son mucho más dramáticos
de lo que la experiencia en el medio terrestre permite intuir.
Estamos
lejos de contar con los elementos que permitan enfrentarla: las
frecuentes y grandes variaciones en la abundancia y disponibilidad
de los recursos pesqueros aún no pueden ser anticipadas
con oportunidad, una limitante que cobra más relevancia
al considerar la adaptación ante el cambio global.
En contraste, el país cuenta en otros aspectos con un margen
de maniobra gracias a un potencial de recursos aún no explotados,
así como por el incremento del valor de la producción
y el acceso a mejores mercados mediante el procesamiento y la
certificación de sus productos; no obstante, las expectativas
reales de que dicho margen sea aprovechable son pobres. Mientras
que en el mundo (y en algunas pesquerías nacionales) la
limitante de la sustentabilidad pesquera que se menciona con más
frecuencia es la sobrexplotación, en México el principal
freno al desarrollo pesquero es la incertidumbre, derivada en
buena medida de los efectos de la variabilidad climática,
que entre otras cosas dificulta el crédito y desalienta
la inversión en el sector. Éste es el aspecto que
más puede agravarse por el CCG, más allá
de sus efectos reales, por la mera percepción de un riesgo
aún mayor.
¿Cómo reducir el riesgo? Primero, mediante el desarrollo
de la investigación orientada hacia líneas como
las mencionadas en párrafos anteriores. La infraestructura
y los recursos humanos necesarios, aunque claramente insuficientes,
existen ya en cierta medida. Una condición indispensable
para aprovecharlos es la instrumentación de esquemas de
monitoreo; sistemáticos, autónomos, permanentes
y preferentemente compatibles con esquemas globales como el Global
Ocean Observing System (GOOS). Dichos esquemas, hoy prácticamente
inexistentes, deberán alimentar bases de datos en tiempo
real y de libre acceso sobre las principales variables físicas
y biológicas de los mares mexicanos.
Contar con esta información básica facilitará
abandonar el manejo tra- dicional de los recursos pesqueros, cada
vez más cuestionado mundialmente (Botsford et al. 1997),
y avanzar hacia un esquema de manejo adaptativo capaz de reaccionar
con rapidez ante los cambios. Ello implica modificar muchos aspectos
del manejo, no sólo los meramente técnicos (p. e.,
los modelos pesqueros) sino también los administrativos
y hasta los legales.
Por ejemplo, es casi imposible que una medida regulatoria cualquiera
pueda adecuarse rápidamente mientras dicha gestión
sea conducida por una instancia centralizada, e implique además
un complicado proceso en el seno del Poder Legislativo Federal.
Finalmente, el desarrollo de un manejo adaptativo de los recursos
pesqueros deberá pasar por la delegación de esta
facultad a las regiones en las que los recursos se explotan. El
manejo regional no sólo tiene una visión más
cercana de los problemas inmediatos, es además el que más
fácilmente puede instrumentar esquemas participativos que
involucren no sólo a la autoridad sino también a
los usuarios y al sector académico directamente involucrado
en la problemática. La presente estrategia no es la primera
que se plantea a la luz de la alta variabilidad de los recursos
pesqueros y de la fuerte incertidumbre que rodea a su explotación.
En todo caso, la ocasión es oportuna: las acciones que
permitan al sector pesquero enfrentar sus retos hoy, son las mismas
que le permitirán aprovechar su margen de maniobra e incrementar
su adaptabilidad ante el cambio global.
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Notas
*Centro
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