Inicio
English
Noticias
Reglamento
Directorio
Mapa del Sitio
Organigrama    

Título

Autor
Palabra Clave

Búsqueda avanzada

Puntos de Venta y Formas de Pago
FAQ
Sistema de Calidad y estadísticas
Instrucciones para autores y revisores
Boletín de novedades editoriales

 

 

 

Inicio -> Publicaciones -> Consulta de publicación -> Contenido

 

Medio ambiente y políticas públicas en México (1970-1993)

Lane Simonian

Simonian revisa las principales acciones y razones que animaron la política ambiental mexicana de las últimas décadas así como sus logros y principales limitaciones.

 

* Este texto apareció publicado como parte del libro La defensa de la tierra del jaguar.
Una historia de la conservación en México
. INE-CONABIO-IMERNAR, México, 1998.
Fueron omitidas todas las notas de pie de página por cuestiones de espacio.


El desarrollo de la política ambiental mexicana ha seguido un patrón definido. Durante las últimas dos décadas, los presidentes mexicanos han expresado un mayor compromiso hacia la protección ambiental, han promulgado leyes más enérgicas y han implementado programas más audaces. Sin embargo, por lo general, la retórica y las leyes han sido más fuertes que las acciones. A principios de los setenta, el presidente Luis Echeverría colocó los asuntos ambientales en la agenda política, pero fue firme en su compromiso por la industrialización. Una década después, el presidente Miguel de la Madrid hizo de los temas ambientales una parte importante de su discurso político, pero los asuntos económicos eran de la mayor importancia para él. Las políticas ambientales se han vuelto progresivamente enérgicas con el tiempo, pero los cambios no han sido revolucionarios, ya que los líderes mexicanos ni pusieron constantemente las preocupaciones ambientales por encima de los intereses industriales, ni demandaron una transformación radical en los estilos de vida individuales.

El presidente Luis Echeverría (1970-1976) muy de mala gana colocó los temas ambientales en la agenda política. A diferencia del presidente Richard Nixon (1968-1974) en los Estados Unidos, Echeverría no estableció la legislación como respuesta a un movimiento ambientalista cada vez más fuerte. De hecho, sólo un pequeño grupo de académicos, ingenieros, funcionarios de salud y ciudadanos privados presionaron al presidente para poner freno a la contaminación. Echeverría actuó principalmente porque temía que la severidad de los problemas ambientales en México pudiera resultar en una inquietud política y económica. En 1973, comunicó sus preocupaciones a la Cámara de Diputados de México:

«El desarrollo de la tecnología y la industria junto con presiones demográficas han dado lugar a una gran concentración urbana sin servicios; por otra parte, la erosión, el deterioro de la atmósfera, la contaminación del agua, la disminución de la flora y la fauna, la mala nutrición, la baja productividad y las enfermedades producen inestabilidad política e inquietud social. Esta realidad nos obliga a evitar el peligro».

Después de tres décadas de ser defensor del crecimiento industrial y tecnológico, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) empezó a cuestionar el costo del progreso. Sin embargo, este partido, aún creía que la industrialización era la mejor estrategia de desarrollo para el país. Más aún, aseveraba que mediante la instalación de tecnología anticontaminante, la protección ambiental y la industrialización podían darse simultáneamente.

Echeverría defendió vehementemente sus programas económicos ante cuerpos internacionales que criticaban las rupturas sociales y ambientales producidas por la industrialización. En un discurso en 1971 ante las Naciones Unidas, Luis Echeverría declaró desafiante, que la industrialización era la única alternativa viable para las naciones del Tercer Mundo: «La industrialización frecuentemente ha producido contaminación, pero uno no debe tratar de detener el proceso de desarrollo ni aún aceptar algunos medios para suspender el avance de la industrialización en los países más pobres». En 1975, Echeverría presentó su visión de las causas principales de los problemas ambientales ante el Club de Roma, un grupo que había patrocinado un influyente estudio sobre los limites futuros del crecimiento. Él identificaba el «subdesarrollo» más que el «sobredesarrollo», como la principal causa de las tragedias ambientales del Tercer Mundo. En particular, sostenía que era el sistema económico que habían organizado las «naciones desarrolladas» con el fin exclusivo de obtener ganancias monetarias y no de industrialización y crecimiento tecnológico, la causa de la escasez de recursos y de la degradación del ambiente. De acuerdo con él, el grueso de los problemas ambientales de México había sido causado por corporaciones multinacionales y por la pobreza que se originaba en la incapacidad de éste país para beneficiarse del sistema internacional de comercio. El punto que no mencionó era que muchas corporaciones multinacionales invertían en México porque no tenían que sujetarse a las leyes ambientales de la nación.

Echeverría vociferaba que el Tercer Mundo no debía tener que limitar su crecimiento para que los países ricos tuvieran mayor acceso a sus recursos. Como parte de su programa para obtener el control de sus recursos naturales para beneficio de los mexicanos, Echeverría declaró en 1976 una zona económica exclusiva de 200 millas partiendo de las costas mexicanas. No sorprendía que fuera un ardiente partidario del Tratado de la Ley del Mar, que autorizaba la expansión del control nacional sobre los recursos marinos y les garantizaba a las naciones del Tercer Mundo una parte equitativa de las ganancias que se acumularan de la extracción de minerales submarinos.

Echeverría se quejaba de que los países industrializados estaban haciendo demandas irrazonables a los países del Tercer Mundo en el área de control de la contaminación y en el uso de las materias primas de la tierra. Para él, la preservación del ambiente era una responsabilidad común, cuyos costos deberían ser distribuidos de acuerdo a las posibilidades financieras de cada país. Le molestaba que los mismos países indus-trializados que habían impedido el desarrollo de las naciones del Tercer Mundo, estuviesen pidiendo a esas mismas naciones que invirtieran más de sus recursos en la protección ambiental.

En su país, Echeverría mostraba mayor simpatía por la causa de la protección ambiental. Reconocía que la tierra y el agua tenían límites que no podían ser excedidos sin repercusiones perjudiciales, y prometía atacar sin dilación el problema de la contaminación. En 1971, promulgó la primera pieza de legislación contra la contaminación en México: la Ley para la Prevención y el Control de la Contaminación. Esta ley abarcaba en su enfoque paliativos para los problemas ambientales. Particularmente propuso remedios tecnológicos para los males del país. Desde la perspectiva de Echeverría, este enfoque tenía ventajas obvias. Podía aparecer como que tomaba medidas para controlar la contaminación, sin tener que interrumpir la producción industrial o sin tener que imponer a la gente un cambio en sus estilos de vida.

Como sus contrapartes en los Estados Unidos, los funcionarios mexicanos habían visto tradicionalmente a la contaminación como un problema de salud pública. Los decretos norteamericanos de Aire Puro y de Agua Pura (1970 y 1972) y la Ley para el Control y la Prevención de la Contaminación mexicana sólo ampliaron parcialmente esta perspectiva para incluir la amenaza que representaba la contaminación para el mundo natural. El reglamento de la ley mexicana declaraba que «la contaminación del ambiente constituye una grave amenaza para la salud pública y causa la degradación de los sistemas ecológicos en detrimento de la economía nacional y del desarrollo armónico de la sociedad» y «es necesario controlar la contaminación ya que pone en peligro la vida y el bienestar de los hombres, las plantas y los animales.» Pero el hecho de que el gobierno colocaba a la Subsecretaría de Mejoramiento Ambiental dentro de la Secretaría de Salubridad y Asistencia era un indicio serio de que los funcionarios del gobierno estaban más preocupados por la amenaza que significaba la contaminación para la salud humana que por la que representaba para los ecosistemas. Más aún, la Secretaría de Agricultura y Ganadería y la Secretaría de Recursos Hidráulicos mantenían el control sobre la explotación de los recursos naturales del país. Estas secretarías estaban más empeñadas en la ampliación de la agricultura que por la integridad del medio ambiente. La iniciativas ambientales de Echeverría se limitaban al control de la contaminación. Además no combinó la protección del ambiente y la conservación de los recursos naturales en un solo programa de mantenimiento ecológico.

México y los Estados Unidos lanzaron leyes para control de la contaminación muy similares. Ambos gobiernos fijaron normas de emisiones para fuentes puntuales de contaminación del agua y del aire, obligaron a las industrias a instalar equipos anticontaminantes, ordenaron a los fabricantes de automóviles producir mejores motores, asignaron recursos económicos para plantas de tratamiento de aguas negras, y fijaron multas para todos los que violaran las leyes. La ley mexicana obligaba a todas las industrias a registrarse ante el gobierno. Además, establecía procedimientos para que los ciudadanos mexicanos pudieran reportar a los contaminadores con el gobierno, un medio que se volvió significativo después del surgimiento de un movimiento ambientalista durante los ochenta. La ley contra la contaminación de México también ofrecía estímulos fiscales y otros incentivos para la descentralización de industrias y servidores públicos desde la Ciudad de México hacia ciudades más pequeñas en el interior de la República. Pocos empresarios y burócratas, sin embargo, estaban dispuestos a dejar el centro de poder económico y político. En un sentido, la descentralización de la industria y de la población era todavía otra solución tecnológica a los problemas de la contaminación nacional, en este caso, apoyándose en la ingeniería social más que en la ingeniería civil.

Muchos aspectos de la ley mexicana para la prevención y el control de la contaminación fueron aplicados débilmente. Como sus contrapartes en los Estados Unidos, los funcionarios mexicanos otorgaban ampliaciones de plazo a industrias que alegaban que no tenían ni dinero ni tiempo suficiente para instalar la tecnología anticon-taminante. Por diversas razones, sin embargo, el hacer cumplir las leyes para el control de la contaminación en México era mucho más problemático que en los Estados Unidos. Aquí, el desarrollo de ciertas tecnologías, como los convertidores catalíticos, dejaba atrás a México. Debido a restricciones presupuestales, el gobierno mexicano carecía de personal para inspeccionar a las industrias contaminantes. Los funcionarios públicos muchas veces tenían que confiar en la buena voluntad de los industriales para registrarse con el gobierno. Como se podía esperar, muchas industrias, o bien no se registraron, o bien dieron información inexacta. Algunas industrias aparentemente cohecharon a los funcionarios para que informaran falsamente que habían instalado los equipos anticontaminantes. Los miembros de la Subsecretaría de Mejoramiento del Ambiente tuvieron que compartir la responsabilidad de hacer cumplir las normas de contaminación atmosférica con la Secretaría de Industria y Comercio y las de contaminación del agua con la Secretaría de Recursos Hidráulicos. En comparación con estas dependencias, orientadas al desarrollo, la subsecretaría era económicamente pobre y políticamente débil. Así, aunque sus funcionarios quisieran hacer cumplir enérgicamente las leyes contra la contaminación, frecuentemente no podían obtener el apoyo necesario por parte de otras secretarías. Todos estos factores se juntaron para que no se pudieran hacer cumplir las reglamentaciones ambientales. De acuerdo a los descubrimientos de un investigador, en los primeros años de la década de los ochenta, únicamente el 2% de mil quinientas fábricas contaminantes habían instalado realmente tecnología anticontaminante. La industria estaba confiada en que el gobierno no iba a «sacrificar» el crecimiento económico para controlar la contaminación.

La tibia aplicación por parte de Echeverría de las leyes de control de la contaminación produjo algunas protestas públicas. Su subsecretario de Mejoramiento del Ambiente, Francisco Vizcaíno Murray, reaccionó con enojo a las acusaciones de que el gobierno había renegado de su promesa de limpiar el ambiente. Insistía que debido a los escasos recursos fiscales y a la precaria economía, México no se podía permitir la adopción de medidas ambientales más enérgicas. También se molestó con la sugerencia de que este país debería buscar asistencia técnica extranjera para manejar sus problemas ambientales. Contestó airadamente que México trataría su problema ambiental a su manera. Vizcaíno Murray proclamó que al abatir la contaminación sin detener el desarrollo, la administración de Echeverría había llevado a cabo una verdadera revolución.

El siguiente presidente de México, José López Portillo (1976-1982), compartía la visión de Echeverría sobre los asuntos ambientales. Haciéndose eco de la doctrina de su antecesor, sostuvo que era «una declaración histérica el decir que la contaminación había sido el resultado de nuestro proceso de desarrollo». Como Echeverría, aseguraba que «el hombre tiene la inteligencia tanto para hacer crecer como para preservar el medio ambiente.» Durante la primera mitad de su presidencia, López Portillo tuvo una oportunidad para probar la validez de su tesis, cuando la súbita alza de los precios del petróleo produjo una repentina prosperidad económica en México. López Portillo aumentó los ingresos que producían las exportaciones de petróleo pidiendo prestados miles de millones a bancos extranjeros. Inmediatamente procedió a encauzar esta riqueza hacia la construcción de proyectos de obras públicas de gran escala, tales como presas y carreteras, que vinieron a acelerar la desforestación y la erosión del suelo en México. Cuando los precios del petróleo cayeron en 1980, la economía mexicana también entra en picada. Enfrentando préstamos pendientes por miles de millones de dólares, López Portillo empezó a implementar medidas de austeridad. Razonaba que no podía poner en marcha medidas más severas para control de la contaminación, porque tales acciones harían subir el precio de los bienes y afectarían la posición competitiva de México en los mercados internacionales. Tanto en los buenos como en los malos tiempos, López Portillo encontró inoportuno el aplicar medidas ambientales más estrictas.

Este presidente instituyó algunos cambios menores en la política y la administración ambientales. En 1977, el ejecutivo federal le asignó a la Secretaría de Salubridad y Asistencia la responsabilidad de planear y dirigir la política ambiental de la región. Un año después, el presidente creó una comisión intersecretarial (compuesta por representantes de diferentes dependencias) para la salud ambiental, a fin de coordinar los programas ecológicos. Estos cambios endurecieron la mano de quienes formulaban las políticas para el sector dentro del gobierno mexicano. Por el otro lado, los funcionarios ambientales enfrentaban a un nuevo adversario para hacer cumplir los reglamentos para el control de la contaminación en la recién creada Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos. Aunque ésta y la de Salubridad y Asistencia mejoraron el monitoreo de la calidad del agua en México, no tomaron medidas enérgicas para reducir su contaminación. Los programas de educación ambiental también se incrementaron. La Secretaría de Educación introdujo materias ambientales en los planes de estudio de las escuelas primarias, y anunció un programa similar en las secundarias. Sin embargo, la mayoría de los estudiantes permanecieron sin educación sobre la crisis ambiental en su país. Para la mayoría, López Portillo se había adherido a los magros remedios ambientales de su predecesor.

Al final de su mandato, López Portillo nombró a un pariente suyo, Manuel López Portillo y Ramos, para encabezar la Subsecretaría de Mejoramiento del Ambiente quien promovió y logró una ley ambiental más enérgica: la Ley Federal de Protección al Ambiente (1982). El nuevo estatuto daba poder al gobierno para cerrar industrias que no instalaran equipos para control de contaminación y para sentenciar a prisión (de seis meses a cinco años) a los ejecutivos de las corporaciones que violaran la ley. Podía suspender industrialización y desarrollo urbano, cuando ese desarrollo mostrara efectos perjudiciales sobre el medio ambiente y sobre los procesos ecológicos. Tanto dependencias del gobierno como industrias tenían que presentar declaraciones ambientales (esta disposición era más enérgica que el Acta de Política Ambiental Nacional de los Estados Unidos de 1970, que pedía declaraciones de impacto ambiental solamente en proyectos con financiamiento federal). La ley implicaba una promesa de mayor intervención gubernamental en beneficio de la protección ambiental.

Aún no siendo triviales, las medidas adoptadas por Echeverría y López Portillo habían logrado poco para detener el deterioro ambiental en México. Como el mismo gobierno reconocía: «No hay duda de que después de diez años de preocupación ambiental, de legislación y de actitud, no hemos logrado un avance sustancial en el mejoramiento de la calidad del medio ambiente».

Durante la campaña presidencial de 1982, Miguel de la Madrid anunció su decisión de abordar los males ambientales de México. Por primera vez en la historia del país, un candidato presidencial había hecho del ambiente un tema de su campaña. Durante su lucha por la presidencia, de la Madrid hizo la siguiente declaración:

"Hemos defendido nuestros recursos naturales de la ambición de extranjeros, pero no de nosotros mismos. Los asentamientos humanos irregulares, la explotación irracional de bosques y selvas, la contaminación industrial del aire, del agua y de la tierra, requiere una acción, no sólo del gobierno, sino de toda la sociedad. Debemos desarrollar una conciencia ecológica nacional y un respeto hacia las normas y los criterios necesarios para la conservación de nuestros recursos naturales."

Miguel de la Madrid se mostraba ansioso por ampliar el campo de acción de los programas ambientales de México e impulsar la participación ciudadana en la protección y la restauración ambientales. Cumplió parcialmente su pacto con la población mexicana, de integrar las preocupaciones ciudadanas a los programas de gobierno.

Unos cuantos casos ilustran la expansión y las continuadas limitaciones de la política ambiental con de la Madrid. En 1985, el gobierno clausuró una planta de fertilizantes en el estado de México y cerró temporalmente otras dos. En enero de 1988, durante una inversión térmica especialmente severa (una condición atmosférica, en la cual el aire frío y los contaminantes se quedan atrapados bajo una masa de aire caliente), el gobierno suspendió el 50% de la actividad industrial en Xalostoc y en 30% de las fabricas en Tlalnepantla (ambas comunidades conurbadas al norte de la Ciudad de México) por cinco días (la prohibición fue levantada cuando el gobierno dijo que las condiciones meteorológicas habían mejorado). En estos casos, como en varios más, la administración delamadrista aplicó la Ley Federal para la Protección del Ambiente de 1982.

En otros casos, el compromiso del presidente de la Madrid con la protección ambiental era más ambiguo. Durante su mandato, grupos públicos y privados plantaron más de sesenta y cinco millones de árboles, pero por cada uno que se plantaba, se cortaban cien. Dentro del Valle de México, muchos de los renuevos murieron por la contaminación o fueron cortados para permitir la ampliación de las calles. Su administración creó una comisión intersecretarial para la protección de la Selva Lacandona. A pesar de ello, 143,000 hectáreas de esa zona fueron taladas durante su mandato. De la Madrid había adoptado algunas medidas ambientales positivas, pero no reglamentó efectivamente las actividades perjudiciales para el ambiente, algunas de las cuales habían sido perpetradas por el mismo gobierno.

El tratamiento del gobierno para Pemex, el monopolio petrolero del gobierno, significó sólo un pequeño cambio con respecto al pasado. Durante los setenta y los ochenta, Pemex, a pesar de ser una de las empresas más contaminantes de México, nunca fue multada por el gobierno (aunque después del derrame del pozo Ixtoc, en el Golfo de México, en 1981, el gobierno obligó a establecer un fondo para limpieza y a tomar medidas preventivas para evitar futuros derrames de petróleo). En 1983, campesinos del estado de Tabasco (en el Golfo de México) protestaron contra Pemex por permitir el escape de petróleo de sus torres de perforación. Los campesinos se quejaban de que el petróleo se había extendido a los largo de la costa del Golfo de México y estaba matando a su ganado y destruyendo sus tierras. El gobierno respondió a estas protestas suscribiendo un acuerdo con la empresa, en el cual la compañía aceptaba restaurar las tierras afectadas por el derrame. El gobierno, sin embrago, rechazó la demanda de los campesinos de una indemnización colectiva. Los campesinos en Tabasco respondieron a esta decisión volteando carros y dañando propiedad de Pemex. Eventualmente, el gobierno llegó a un acuerdo con los campesinos que se basaba en indemnizaciones individuales.

La administración del presidente Miguel de la Madrid fue indulgente con Pemex en forma similar, después de la explosión de 1984 en sus tanques de San Juan Ixhuatepec (una pequeña comunidad al norte de la Ciudad de México), que causó la muerte de, por lo menos, 452 personas. Pemex culpó de la explosión a una cercana planta de Unigas [gas combustible], pero nadie en San Juan aceptó esta explicación, ya que esa planta seguía en pie después de la explosión, mientras que las instalaciones de Pemex estaban totalmente destruidas. Más aún, durante varios años después del desastre, los residentes en las cercanías de los depósitos se han quejado del olor a gas. La frustración de los ciudadanos por la irresponsabilidad de los funcionarios públicos llegó a su máximo unas cuantas semanas después de la explosión cuando una comisión del gobierno se negó a determinar la causa, o a investigar los reportes de parientes desaparecidos. Surgieron pintas en las paredes acusando a Pemex de asesinato. Un mes después de la explosión, el gobierno del presidente de la Madrid finalmente responsabilizó al monopolio estatal del desastre de San Juan Ixhuatepec, e hizo que Pemex pagara las reparaciones, pero no se imputaron cargos penales contra sus funcionarios. Pemex ya no podría actuar con la misma impunidad, pero el gobierno seguía protegiendo mucho sus intereses.

La creación de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología (SEDUE) era, potencialmente la más importante acción ambiental que había tomado de la Madrid. Prometía ser una dependencia efectiva para tratar los asuntos ambientales porque tenía jerarquía de Secretaria de Estado, (SEDUE fue la primera dependencia ambiental dentro del gabinete presidencial) y porque se le había asignado jurisdicción sobre todos los programas ambientales y de conservación de la naturaleza. En el papel, por lo menos, la SEDUE tenía la principal responsabilidad para la formulación e implementación de la política ambiental de la nación.

Muchos conservacionistas y ambientalistas mexicanos se decepcionaron con el funcionamiento de la SEDUE. El botánico mexicano Arturo Gómez-Pompa estaba dentro de aquéllos que se unieron al coro contra la dependencia. Su apreciación de esta secretaría era que no había logrado mucho. Instaba a los ecólogos a que se involucraran en el desarrollo de los programas ambientales del país, en lugar de ceder su lugar a impreparados abogados, arquitectos y contadores públicos. Según se decía, el mismo Gómez-Pompa había aspirado a ser nombrado como primer jefe de la SEDUE. Ciertamente, él estaba muy bien calificado para el cargo. Como director del INIREB, había trabajado incansablemente para hacer avanzar el conocimiento de los ecosistemas tropicales de México y en particular de los muy alterados sistemas de Veracruz. Demostró el valor de ser un experto cuando formuló un plan ambiental de gran alcance para la administración de Miguel de la Madrid. Cuando escogió al primer secretario de la SEDUE, sin embargo, de la Madrid prefirió, a un político de carrera por sobre de Gómez-Pompa. La elección de Miguel de la Madrid convenció a muchos conservacionistas que la nueva administración no quería que la SEDUE se convirtiera en una poderosa impulsora de la protección ambiental.

Algunos funcionarios de esta Secretaría reconocieron las limitaciones de su dependencia. La Subsecretaria de Ecología, Alicia Bárcena Ibarra, se dio cuenta de que los funcionarios de secretarías que habían sido tradicionalmente responsables del manejo de los recursos naturales resentían, y resistían, los intentos de la SEDUE para definir prioridades, porque consideraban la acción de esa dependencia como un freno para el desarrollo. La respuesta de la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos a los esfuerzos de aquella para regular el uso de pesticidas, ilustra el punto de Bárcena. Después de las discusiones iniciales, los funcionarios de agricultura estuvieron de acuerdo en mantener una «cortés relación de trabajo» con la institución sobre la aplicación de pesticidas, pero rechazaron la proposición de la dependencia para calendarizar las reuniones y se rehusaron a ceder nada de su autoridad sobre el uso de dichos recursos. El ambiente rural fue aún más descuidado porque mucho funcionarios mexicanos de alto nivel se preocupaban únicamente por mantener la calidad de vida en las áreas urbanas. La tendencia fue puesta de manifiesto con la creación de la SEDUE por la administración de Miguel de la Madrid, que supervisaba tanto el desarrollo urbano como la protección ambiental (la secretaría sa preocupó aún más por los problemas urbanos después de que la Ciudad de México fue devastada por el terremoto de 1985). Como en el pasado, los esfuerzos del gobierno para mantener los ecosistemas estuvieron restringidos principalmente a la creación y el manejo de áreas naturales protegidas y a la conservación de flora y fauna. Con la excepción de algunos programas pequeños, como la promoción de ranchos cinegéticos, acuacultura y horticultura, no había apoyo del gobierno para un desarrollo sostenible en las áreas rurales.

La conclusión general de Alicia Bárcena, era que la efectividad de la secretaría dependía de una ampliación de la planeación intersectorial y de lograr acuerdos con las empresas privadas. Aseguraba, por lo tanto, que en el corto plazo, la educación ambiental de influyentes funcionarios era más importante que la de la juventud de la nación. Además, Bárcena peleaba por que se incluyera a las autoridades estatales y municipales y a los grupos cívicos en las campañas de mejoramiento ambiental. El respaldo de los gobiernos locales y de las organizaciones de las comunidades así como el de los altos niveles del gobierno federal era esencial para la restauración del mundo natural.

A pesar de su débil posición, tuvo avances modestos en la causa de la conservación en México. En 1987, la Comisión Nacional de Ecología, un ente intersecretarial anunció cien acciones que se estaban tomando, o se tomarían, para proteger el medio ambiente. Algunas de estas repetían las tradicionales respuestas tecnológicas al control de la contaminación, como emplear las más avanzadas tecnologías para reducir las emisiones de los automóviles, desarrollar mejores combustibles, instalar equipos anticontaminantes en las fábricas, obligar a todos los autos a traer silenciadores de escape, y la instalación o el mejoramiento de los sistemas de drenaje en todo el país. Por ejemplo, en 1987, la SEDUE gastó más del diez por ciento de su presupuesto de 200 millones de dólares en proyectos para el control de la contaminación del agua. La comisión, sin embargo, reconoció que no se podría disminuir signifi-cativamente la contaminación hasta que la gente y los empresarios cambiaran su comportamiento.

Entre los cambios que proponía la Comisión estaban: el uso compartido de los automóviles, la reducción de los automóviles en circulación, el mejoramiento del transporte público, el cambio de las entregas de mercancías a horas no hábiles y el reciclaje. La Comisión puso especial atención en la educación y la participación ambiental para enfrentar la crisis del medio ambiente en México. Prometió «hacer de las actividades conserva-cionistas una parte permanente de las vidas de los niños en edad escolar y de la sociedad». Dentro de las medidas de conservación mencionadas en las cien acciones, estaban la creación de reservas naturales para la mariposa monarca y para la tortuga marina, la prohibición de cazar tucanes, osos negros y jaguares (todas ellas especies amenazadas en México), la creación de reservas de la biósfera y refugios de fauna, y el endurecimiento de las penas por matar y traficar diversas especies.

La SEDUE también se ocupó de problemas ambientales transfronterizos. En 1983, la administración de Miguel de la Madrid ordenó que las industrias tenían que regresar a su país de origen cualquier material peligroso importado, que hubiera sobrado de su proceso de producción. En un acuerdo, dirigido principalmente a evitar que compañías con base en los Estados Unidos transportaran y tiraran desechos tóxicos en México, los gobiernos de México y de los Estados Unidos se comprometieron a notificarse mutuamente cualquier embarque de materiales peligrosos a través de la frontera y a respetar las leyes de cada una de las naciones en la materia. Los funcionarios de ambas naciones también se abocaron al control de contaminación del aire y del agua en las zonas fronterizas. México construyó plantas para el tratamiento del bióxido de azufre en dos de sus plantas beneficiadoras de cobre en el noroeste de Sonora, y los Estados Unidos clausuraron una fundidora de hierro en el sur de Arizona, como parte de un esfuerzo de cooperación para eliminar la dispersión de contaminantes y la lluvia ácida en una región que había llegado a ser conocida como el «triángulo gris». Apoyada por un préstamo de tres millones de dólares, la administración de Miguel de la Madrid mejoró los sistemas de drenajes, de aguas negras y de disposición de la basura en Mexicali, para evitar que los desechos cayeran en el Río Nuevo y, por esa vía, llegaran a los Estados Unidos. Las autoridades mexicanas también tomaron medidas unilaterales para controlar la contaminación transfronteriza, incluyendo la instalación de una nueva planta de tratamiento de desechos en Tijuana. De esta manera, algunos de los problemas de las zonas limítrofes se habían convertido en parte de la agenda ambiental entre ambas naciones.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de la SEDUE, las plantas de tratamiento, los rellenos sanitarios y otras instalaciones necesarias para mitigar los problemas de contaminación a lo largo de la frontera, siguieron siendo inadecuadas e insuficientes. Como un experto norteamericano en disposición de desechos apuntaba en 1990: «La protección del ambiente se ha convertido en una prioridad política para México. Pero carecen totalmente de infraestructura, y construirla representaría costos astronómicos y muchísimo tiempo.» Muchas nuevas plantas para tratamiento de aguas negras en las ciudades fronterizas se sobrecargaron rápidamente. Además, millones de litros de aguas negras fluían a las vías de agua locales y se filtraban al subsuelo, ya que muchos de los residentes carecían de drenaje en sus casas. Debido a la escasez de personal, la secretaría tampoco tenía la capacidad de supervisar la adecuada disposición de los desechos tóxicos. Por lo tanto, compañías norteamericanas, en ambos lados de la frontera, seguían contaminando el ambiente mexicano. La magnitud de los problemas de contaminación en las ciudades fronterizas, combinada con la escasez de recursos financieros y humanos para enfrentarlos, desvanecía las esperanzas de revertir el daño ecológico en la región.

En algunos casos, la SEDUE descuidaba el cumplimiento de las leyes ambientales. Esto era especialmente cierto en el fracaso de la dependencia para controlar el comercio ilegal de especies, a pesar de su compromiso para hacerlo. Sólo enjuiciaba ocasionalmente a los violadores de las leyes nacionales contra la posesión de animales amenazados. Más aún, México era el único país en el hemisferio occidental que no había firmado la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas (CITES) y, por esta razón, se convirtió en un importante centro de operaciones para los traficantes de animales. La mercancía de los contrabandistas incluía especies vivas de origen tan distante como: cacatúas de Indonesia, guacamayas brasileñas, monos africanos y boas constrictor de América del sur. Además, el comercio de los traficantes con pieles de felinos está contribuyendo a la desaparición del jaguar, del puma y del ocelote en México. A fines de los ochenta, los conservacionistas mexicanos y norteamericanos estimaron que cientos de especies se contrabandeaban a través de la frontera cada año, y que su valor anual en el orden de 400 millones de dólares. La renuencia del gobierno mexicano para firmar el CITES generó airadas protestas de conservacionistas mexicanos y del extranjero.

Muchos funcionarios de SEDUE estaban preocupados por el futuro de la protección ambiental en México. Luchaban por lograr un marco legal que dificultara al sucesor de Miguel de la Madrid dejar de tomar en cuenta los asuntos ambientales. Sus esfuerzos culminaron con la promulgación en 1988 de la Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente. En ella, el ejecutivo federal declaraba; «El control y la prevención de la contaminación ambiental, la adecuada utilización de los recursos naturales y el mejoramiento de los ambientes naturales dentro de las comunidades humanas son de competencia fundamental para el mejoramiento de la vida.» De acuerdo con esta ley, el gobierno tenía que tomar en cuenta los asuntos ambientales en sus planes nacionales y revisar cualquier proyecto que se propusiera y que excediera los límites ambientales fijados por la Federación. De la misma importancia, la Ley General mencionada delegaba más autoridad a los funcionarios estatales y municipales para encargarse de los problemas ambientales. La administración de De la Madrid pedía a los gobiernos, en todos los niveles, «regular, controlar y, cuando fuera posible, evitar toda clase de contaminación.»

La legislación presentaba en términos generales un programa para el control de la contaminación de aire, agua, ruido y suelo, los materiales y desechos peligrosos y la energía nuclear. Entre sus más notables disposiciones, el estatuto prohibía la importación de pesticidas, fertilizantes y otras substancias tóxicas que hubiesen sido prohibidas en los países que las producían, autorizaba el establecimiento de estaciones para inspección de la contaminación, y facultaba al gobierno para suspender la circulación de vehículos durante períodos de contaminación severa. La Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección del Ambiente incorporaba muchos de los programas de la SEDUE así como varios de los elementos de leyes anteriores. Empero, la legislación más que un compendio de leyes y políticas previas era una enérgica declaración de que el control de la contaminación requería de la acción concertada de los funcionarios de gobierno a todos los niveles y de todos los miembros de la sociedad.

En otra sección principal de la ley, el ejecutivo federal presentaba una serie de proposiciones para conservar los recursos naturales de México. Estas incluían la reutilización de aguas de desecho, la aplicación de técnicas de conservación del suelo y un cambio del método de tumba y quema por otras formas de agricultura ecológicamente más adecuadas. La administración de De la Madrid también presentaba un razonamiento bien cimentado para el establecimiento de áreas protegidas que tuvieran sus raíces en la historia de la conservación del país. En una página que recordaba las exposiciones de Miguel Ángel de Quevedo, Miguel Alvarez del Toro, Enrique Beltrán, Gertrude Duby Blom y Gonzalo Halffter, el ejecutivo federal decía que la creación de reservas naturales era justificada y necesaria para conservar la diversidad genética de la cual dependía la continuidad del proceso de la evolución, asegurar la supervivencia de ecosistemas representativos por su propio valor y para la investigación científica, para fomentar el uso racional de los recursos naturales y su conservación y para proteger carreteras, plantas industriales y granjas en zonas montañosas donde se originaban las inundaciones y los ciclos hidrológicos de las cuencas de los ríos. En relación a la creación de parques nacionales, la administración de Miguel de la Madrid presentaba los mismos argumentos antropocéntricos (paisaje, recreación y turismo) y biocéntricos (la protección de la flora y la fauna) que Miguel Ángel de Quevedo había usado medio siglo antes. Por lo menos en el papel, el PRI estaba adoptando algunas de las ideas de los pioneros del conservacionismo en México.

La Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al ambiente era una extensa pieza de legislación. Sin embargo, incluso el secretario de la SEDUE Manuel Camacho Solís, reconocía que la ley no era una panacea para los problemas ambientales de México. Alfonso Ciprés Villarreal, un líder ecologista en México, adoptó una actitud incrédula hacia la ley. Como Ciprés Villarreal apuntaba, parte del problema en el país era que las anteriores leyes no habían sido cumplidas. Estaba preocupado por el vago lenguaje que se refería al desarrollo y a la implementación de «normas técnicas», que definirían niveles inaceptables de degradación ambiental. Pedía al gobierno agilizar el establecimiento de normas para asegurar que «la ley sea aplicada y no quede en una declaración de buenas intenciones». La suerte de esta nueva ley dependería del camino que siguiera el sucesor de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari.

La retórica de Salinas indicaba que estaba comprometido con la causa de la protección ambiental. En 1982, declaró que: «Tradicionalmente se ha afirmado que debemos estar preocupados por la generación de empleos, y que después podremos empezar a resolver los problemas ambientales. Esta tesis es falsa, como la de que debemos crecer primero y redistribuir después... ¿De qué sirve el empleo si la salud del trabajador se ve afectada por la contaminación del aire, la contaminación de los alimentos y el ruido ensordecedor?».

Y, en un discurso en que prometía terminar con el saqueo de la Selva Lacandona, Salinas declaró: «México está empeñado en progresar, y el progreso no significa más degradación y destrucción de los recursos naturales [de México].»

Salinas aparentemente no consideró la protección ambiental como un obstáculo para el desarrollo ni parecía concebir a la industrialización y al crecimiento económico como vacas sagradas. En lugar de eso, profesaba la creencia de que el cuidado del ambiente era esencial para el bienestar de todos los mexicanos.

Durante su campaña presidencial en 1988, Salinas prometió hacer de la protección y restauración ambientales una de las máximas prioridades de su administración. Le preocupaba particularmente el colapso ecológico del valle de México: «Pocos problemas en la ciudad han generado una preocupación tan amplia y tan compartida por todos los sectores de la sociedad como el deterioro del ambiente. Los recursos que permitieron el rápido desarrollo de la región han llegado a los límites de su explotación. Nuestro valle ha perdido su equilibrio ecológico. Será la tarea de varias generaciones restaurarlos, hasta que volvamos a tener un horizonte claro para ver nuestros volcanes.»

La administración de Salinas ha tomado medidas para comenzar con el proceso de restauración ecológica en el Valle de México. Un proyecto contempla el rescate de Xochimilco. Los famosos canales de Xochimilco, por los cuales navegan las embarcaciones adornadas con flores y cargadas de turistas, se han obstruido con vegetación debido a la «introducción» de aguas de drenaje que contienen fosfatos. La creciente evaporación, los proyectos de drenaje y la extracción de agua han llevado a la desecación de muchos lagos y canales. El equilibrio ecológico de Xochimilco se empezó a romper en 1909, cuando se construyó un acueducto para desviar el agua que alimentaba a los lagos. Para los años cincuenta, la mayoría de los manantiales de la región se habían secado. Entonces se perforaron pozos, pero ello condujo al hundimiento del suelo. La precipitación pluvial anual promedio se ha reducido en un 30% desde el comienzo del siglo. El plan de Salinas para rescatar Xochimilco incluye el detener la marcha de la urbanización hacia la región, preservar los manantiales existentes y recargar los acuíferos, evitar que la contaminación entre en los canales (por medio de la recolección y el tratamiento de las aguas de drenaje), y crear nuevos espacios verdes y áreas recreativas. Aunque todavía no se termina, el programa del gobierno para proteger las aguas de esta zona ha recibido el reconocimiento de los grupos ambientalistas.

Otros esfuerzos del gobierno se han enfocado a la conservación del agua y a la reforestación en el Valle de México. Entre 1990 y 1992, el gobierno elevó las tarifas de agua en un 400%, en un esfuerzo para estimular el ahorro de la misma (antes de estos aumentos, los residentes de la Ciudad de México pagaban una de las tarifas más bajas del mundo). Los funcionarios mexicanos entienden que la conservación es la única alternativa al bombeo del agua desde cuencas hidráulicas cada vez más lejanas. Como ya lo han aceptado, los costos económicos y ecológicos de la importación del agua se están volviendo insoportables.

En lo que respecta a la reforestación, la administración de Salinas ha tratado de reclutar el apoyo de los veinte millones de habitantes del valle en programas cívicos de plantación de árboles. En el verano de 1990, el gobierno colocó carteles por toda la ciudad, exhortando a cada familia a plantar un árbol. Como parte de esta campaña, empleados del gobierno distribuyeron 750,000 renuevos sin costo a familias que quisieran plantarlos en sus jardines y patios. Además, reclutaron voluntarios para sembrar un millón de árboles en áreas públicas. En 1990, la SEDUE inició un programa similar en el que se les daba un árbol a los padres de un bebé recién nacido, para que lo cuidaran como a sus hijos. Estos eran el complemento del propio programa de reforestación del gobierno.

Los programas más atrevidos de Salinas se dirigieron contra los tremendos problemas de la contaminación del aire en la Ciudad de México. En noviembre de 1989, dio inicio la campaña para no circular: a los conductores se les prohibía manejar sus vehículos durante un día hábil en los meses de invierno, cuando la contaminación del aire se encuentra en sus peores momentos. Este programa retiró de la circulación a aproximadamente 500,000 automóviles cada día hábil de la semana. La multa por manejar en un día prohibido, lo que se determinaba por un engomado con la terminación de la placa y una clave de colores, era de 115 dólares (el equivalente de un mes de salario mínimo). Algunos conductores recalcitrantes cohechaban a los policías para evitar el pago de la sanción. Sin embargo, la mayoría cumplió con la nueva reglamentación, a pesar de encontrar un sistema de transporte público sobrecargado de nuevos usuarios. La principal oposición al programa provino de los comerciantes quienes decían que tenían menos clientes como resultado de la reducción en la circulación de los carros, y mayores problemas para hacer sus entregas. La administración de Salinas, sin embargo, se basó en el resultado de encuestas que mostraban un amplio apoyo al «Hoy no circula», para justificar la continuación de este agresivo programa para el control de la contaminación. De hecho, la campaña de limitación de la circulación de autos en la Ciudad de México es una de las medidas restrictivas más agresivas que haya tomado cualquier país contra el uso de automóviles. En parte como resultado de la campaña, los niveles de monóxido de carbono, hidrocarburos, bióxido de azufre, plomo y óxidos de nitrógeno disminuyeron en 15 % entre noviembre y marzo. Durante su primer invierno, el programa «Hoy no circula» fue, por lo menos, un éxito parcial.

Después de esto, sin embargo, la efectividad del programa disminuyó porque la adquisición de autos aumentó. En el año que siguió al inicio de la campaña, los residentes de la Ciudad de México compraron 300,000 vehículos nuevos. Algunos fueron adquiridos como segundo vehículo por mexicanos ricos, que así garantizaban contar con un auto todos los días de la semana. Pronto, el número de carros adicionales en la calle excedió a aquellos que se habían retirado de la circulación por la campaña. Así, el programa sólo podría reducir el ritmo de incremento de la contaminación generada por automóviles, y no reducirla la contaminación misma.

Durante el invierno de 1991, el gobierno implementó enérgicas medidas para enfrentar uno de las peores épocas de contaminación atmosférica que, como nunca antes, se habían presentado en la Ciudad de México. El gobierno redujo el abastecimiento de petróleo combustible en 80%, obligando a las industrias a cambiar a combustible diesel o a gas natural para cubrir el déficit. Los funcionarios públicos se comprometieron a gastar 1,300 millones de dólares en nuevos taxis y autobuses que tuvieran convertidor catalítico o usaran gasolina sin plomo; los nuevos vehículos reemplazarían el vetusto y contaminante parque vehicular de la Ciudad de México (este programa fue financiado en gran parte por un préstamo de los japoneses por 1,000 millones de dólares). También desarrollaron planes de contingencia para cerrar escuelas, cancelar actos públicos y suspender industrias altamente contaminantes, si los niveles de contaminación del aire rebasaban ciertos niveles.

La administración de Salinas pronto aplicó esta estrategia de una manera espectacular, cuando cerró la refinería 18 de marzo de Pemex. La refinería, un gran contaminador, proporcionaba combustible a 15 millones de residentes en el valle (el gobierno aumentó las importaciones para cumplir con la demanda de gasolina) y daba empleo a más de tres mil trabajadores. Su des-mantelamiento, cuya reubica-ción está programada fuera del Valle de México, costó 500 millones de dólares. En la actualidad existen en ese espacio un parque y otras áreas verdes.74 El regente de la Ciudad de México, Manuel Camacho Solís (en el pasado había encabezado la SEDUE), declaró que la clausura era una advertencia para otras industrias: «Si esto se le pudo hacer a la refinería, se le puede hacer a cualquier industria.» Ciertamente, entre febrero y mayo de 1991, el gobierno clausuró ochenta fábricas, temporal o permanentemente, por violar las normas de calidad del aire.

Las acciones de Salinas parecieron compensar la queja de su secretario de desarrollo urbano y ecología, Patricio Chirinos, de que la SEDUE «carecía de los fondos para revisar los niveles de contaminación y para hacer cumplir la ineficaz legislación contra la contaminación.» Y, aunque el presidente Salinas aumentó el número de inspectores de la SEDUE de nueve a cincuenta (en abril de 1991) y aceleró la clausura de fabricas, muchas industrias se la siguieron jugando con la idea de que la administración no tenía ni la capacidad ni la voluntad para cerrarlas. Por cierto, sólo el 5% de las 1,150 fábricas que SEDUE inspeccionó en el Valle de México en 1991, cumplían con las normas de calidad del aire. Muchas compañías evaluaron correctamente la renuencia del gobierno para clausurar sus operaciones, ya que Salinas sólo procedió contra unos cuantos de los peores contaminadores.

Preparándose para otro invierno de severa contaminación, en noviembre de 1991, Camacho Solís anunció sus planes para retirar más rápidamente de las calles los autos viejos, reducir el uso de vehículos oficiales en un 30%, en parte mediante el uso del fax y la mensajería con bicicleta para los asuntos oficiales, reducir la operación de las plantas termoeléctricas, eliminar el uso de combustibles con alto contenido de azufre en las industrias, e imponer normas más estrictas de emisiones a los vehículos y a las industrias. Alfonso Pérez Contreras, director del Instituto Autónomo de Investigaciones Ecológicas, criticó el paquete anticon-taminación de Camacho Solís por ser muy modesto: «La ciudad necesita grandes soluciones, y estas son pequeñas soluciones agrupadas.» El regente contestó recalcando los programas ambientales más impresionantes en la Ciudad de México: «No es poca cosa que el gobierno haya cambiado el combustible de los microbuses por uno sin plomo, retirado los carros de la circulación por un día, clausurado la mayor refinería del área y plantado 12.6 millones de árboles al año.»

Sin embargo, los programas, ni grandes ni pequeños, pudieron contrarrestar el aumento en la adquisición de autos ni el fracaso de las industrias para instalar nuevos equipos anticontaminantes. Más aún, varios de los programas del gobierno contra la contaminación necesitaban mucho tiempo para implementarse. Por ejemplo, los dueños de camiones, autobuses y taxis tenían de plazo hasta 1996 para modificar sus motores para que usaran combustibles alternativos, o para adquirir nuevos vehículos con convertidor catalítico.

No fue sorprendente, pues, que los problemas de contaminación atmosférica de la Ciudad de México se agravaran. El 16 de marzo de 1992, los niveles de ozono (un contaminante formado por la interacción de óxidos de nitrógeno e hidrocarburos con la luz solar) alcanzaron 0.45 partes por millón, más de cuatro veces el nivel máximo aceptable por la Organización Mundial de la Salud. Los funcionarios del gobierno respondieron con la imposición de una segunda fase de contingencia que incluía un segundo día sin auto, incluyendo los fines de semana (retirando de la circulación el 40% de los vehículos) el cierre de dos mil escuelas, y una reducción en la operación de 192 industrias del 50 al 75%. Salinas levantó la emergencia después de un día, pero tuvo que implantarla nuevamente esa misma semana, cuando los niveles de los contaminantes volvieron a dispararse.

En medio de esta segunda emergencia, el presidente anunció un nuevo pacto ecológico que concedió a los 200 peores contaminadores de la Ciudad de México un plazo de dos años para reducir en 90% las emisiones de bióxido de azufre y los niveles de óxidos de nitrógeno en 50% o, si no, salirse del Valle de México. Para facilitar la reconversión, ofreció a los dueños de las industrias un paquete de préstamos por 300 millones de dólares. Mientras que la mayoría de los industriales apoyaron el plan, otros como Vicente Gutiérrez, presidente de la Cámara Nacional de la Transformación, se quejaron de que se le estaba pidiendo a la industria que aceptara gran parte de la culpa por la contaminación del aire, siendo que los automotores eran responsables del 75% del problema en el Valle de México (sin embargo, las industrias emitían la mayor parte del bióxido de azufre y los metales pesados). Por otra parte, algunos ambientalistas estaban decepcionados de que Salinas no anunciara planes para clausurar inmediatamente a los peores contaminadores. A pesar de las críticas, la administración parecía estar empeñada en tomar el camino intermedio.

Queriendo presentar como extraordinarias las medidas para el control de la contaminación en la Ciudad de México, Fernando Menéndez Garza, director de proyectos ambientales para el Distrito Federal, dijo: «Tenemos un programa ambiental de 4,680 millones de dólares en una ciudad del Tercer Mundo, que está saliendo de diez años de su peor crisis económica. ¿Si eso no es un compromiso con el medio ambiente, entonces qué es? Sin embargo, los residentes de la Ciudad de México se preguntaban si eso era suficiente. En una radical alternativa a las políticas ambientalistas en vigor, el director del programa de aire limpio para la ciudad, sugirió un impuesto de 1,000% a la gasolina, prohibir todo el transito de automóviles, distribuir cientos de miles de bicicletas, y hacer accesible para todos el transporte público. En este momento, sin embargo, el gobierno cuenta con el uso de nuevas tecnologías para mejorar la calidad del aire en la Ciudad de México.

Salinas se ha mostrado menos comprometido con la resolución de muchos de los otros problemas ambientales de la Ciudad de México. Unos meses después de tomar posesión declaró una moratoria de tres meses para la tala en la Selva Lacandona, y prohibió nuevos asentamientos en la región. Sin embargo, fracasó en la aplicación de estas medidas, despertando dudas entre los conservacionistas acerca de su dedicación para cuidar la selva húmeda de México. La división ambiental del Banco Mundial, entre otros, declaró sombríamente que: «la ausencia de protección [para la Selva Lacandona]... da poca credibilidad a la resolución del gobierno para promover la conservación.» Con financiamiento del Banco Mundial y de Conservation International (como parte del intercambio de naturaleza por deuda), a principios de los noventa, Salinas inició programas para estudiar la diversidad biológica de la selva húmeda y para promover el desarrollo sostenible en la región. El resultado de este último programa es particularmente crítico, porque si los habitantes de la región no adoptan alternativas a la destrucción del bosque, éste pronto desaparecerá.

La Cuenca río Lerma-Lago de Chapala es otro ecosistema degradado que necesita remediación inmediata. El río Lerma, que pasa por un extendido corredor industrial y agrícola en el centro de México, es un resumidero para desechos humanos y animales, metales pesados y productos químicos tóxicos, incluyendo pesticidas y fertilizantes inorgánicos. Más aún, debido al crecimiento de ciudades, industrias y granjas, únicamente desagua al Lago de Chapala una sexta parte del caudal del río Lerma que hace una década llegaba. Junto con el reducido volumen del río, el uso del agua de Chapala por agricultores y por la ciudad de Guadalajara (la segunda más grande de México) ha producido un descenso del nivel del lago, en dos tercios, desde 1960. Los ecologistas advierten que, a menos que este proceso se revierta, la región pronto se convertirá en un desierto.

En 1989, Salinas asignó cincuenta y dos millones de dólares para la construcción de plantas de tratamiento de aguas negras, sistemas de drenaje y proyectos de mejoramiento (como el recubrimiento de canales a tajo abierto) dirigidos reducir la contaminación de los ríos a la mitad y a aumentar el nivel del lago de Chapala en 10%. Sin embargo, la construcción de muchos de estos proyectos va con lentitud y, en algunos casos, todavía no empieza. Aún si todos los sistemas eventualmente se terminan, es dudoso que se alcancen las prometidas mejoras en calidad y cantidad del agua, debido a las tremendas demandas a que están sujetos el río Lerma y el Lago de Chapala.

Una de las acciones de conservación más definitivas de Salinas se dió en 1990, cuando prohibió la explotación comercial de la tortuga marina. Antes de este decreto, sólo la rara tortuga Kemps Ridley estaba protegida oficialmente, aunque siete especies más también estaban amenazadas. La piel y la concha de la tortuga significaban un lucrativo comercio de exportación de prendas de vestir y joyería. Además de su valor para la exportación, algunos cazadores furtivos recolectaban huevos de tortuga y las mataban para obtener su carne. Una de las amenazas para la tortuga, empero, provino del propio gobierno. En 1989, en rastros autorizados oficialmente, se sacrificaron aproximadamente 35,000 tortugas. Por lo menos, la prohibición de Salinas evitó que el gobierno siguiera siendo cómplice en la desaparición de la tortuga marina. Los ambientalistas tienen la esperanza de que la decisión de Salinas de firmar el tratado de CITES en 1991, refleje su compromiso de eliminar el comercio de todas las especies amenazadas.

La administración de Salinas procedió menos decisivamente para reducir el número de delfines que morían en las redes de los pescadores mexicanos de atún (un miembro de la familia de los delfínidos, la vaquita marina, es una especie en peligro de extinción). En 1989, el grupo ambien-talista norteamericano Earth Island Institute obtuvo una orden de la corte para obligar a una renuente administración Bush a imponer un embargo atunero contra México, ya que su flota excedía el nivel de delfines muertos que permitía una enmienda a la Ley de Protección de Mamíferos Marinos. Los funcionarios de pesca mexicanos objetaron enérgicamente el uso de una ley ambiental de los Estados Unidos para restringir el acceso a uno de sus recursos. En su campaña para que fuera suspendido el embargo, el gobierno mexicano usó dos estrategias: primero, solicitaron a un grupo de expertos del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio) decidir que la sanción violaba el principio de libre comercio y, segundo, empezaron a desarrollar un programa de protección de delfines. En agosto de 1991, el comité del GATT falló en favor de México, declarando que «una nación miembro no tiene derecho de obstruir el comercio que daña al medio ambiente, más allá de sus fronteras.» Si se le considerara como una doctrina del GATT, esta decisión amenazaría la permanencia de muchos tratados internacionales de conservación. México, sin embargo, no pidió una ratificación de esta decisión en el pleno de este organismo, quizá con el temor de una reacción ambientalista que pudiera poner en peligro el Tratado de América del Norte de Libre Comercio (TLC). En vez de ello, la Secretaría de Pesca presentó su programa de protección de delfines que incluía el colocar observadores internacionales en todos los barcos atuneros mexicanos y un proyecto de un millón de dólares para desarrollar técnicas que redujeran la muerte de los delfines. En 1992, México estuvo de acuerdo en no tender redes alrededor de cardúmenes de atunes que incluyeran delfines, resolviendo, quizás, esta añeja disputa entre la administración salinista y la comunidad ambientalista internacional.

A pesar de la prometedora retórica de Salinas, desde un principio los ambientalistas mexicanos cuestionaron su compromiso con la protección ambiental. Cuando en el otoño de 1989, un periodista preguntó al escritor y líder ambientalista mexicano Homero Aridjis, si Salinas había mantenido su promesa de hacer del ambiente la máxima prioridad de su gobierno, respondió:

«Todavía no. Su política ecológica ha sido muy débil. La SEDUE ha fracasado en tomar posiciones respecto a casi todos los problemas ambientales de México: la contaminación, los incendios forestales en Quintana Roo el pasado verano, las fugas radioactivas en la planta nuclear de Laguna Verde. Estamos muy preocupados por la falta de una política ambiental concreta, ya que aquí hay muchas crisis ecológicas.»

Desde entonces, el expediente ambiental de Salinas ha sido objeto de variadas revisiones por parte de Aridjis y otros ambientalistas. Cuando la Asociación Tierra Unida, respaldada por la ONU, honró a Carlos Salinas de Gortari por sus «valientes acciones ecológicas que beneficiaran tanto a México como al mundo», Aridjis reveló que, con Salinas, México podría potencialmente convertirse en un modelo para el resto de América Latina en el campo de la protección ambiental. Pero también hizo notar que Salinas recibió el premio en el mismo año (1991) en que la contaminación del aire había alcanzado niveles peligrosos en el Valle de México, los incendios forestales (95% de los cuales había sido intencionalmente provocado) habían destruido 150,000 hectáreas de vegetación, se habían desforestado más de 370,000 hectáreas, la fauna silvestre había perecido debido a la cacería, el tráfico y la destrucción de los hábitat, y las fuentes de agua se habían agotado y contaminado.

Para aplicar la legislación ambiental, cualquier gobierno mexicano enfrenta una tarea titánica debido a la naturaleza misma de los problemas, la crónica escasez de recursos, y el inmenso esfuerzo que representa el vigilar a tantos fabricantes y a un territorio tan grande, pero ningún obstáculo sería más serio que un gobierno que careciera de la voluntad o del deseo de restaurar la calidad del medio ambiente. Por un lado, Salinas ha dado pasos importantes para disminuir el impacto destructivo de los seres humanos sobre el ambiente, particularmente en el Valle de México. Por el otro, está ideológicamente comprometido con un programa de privatización e inversión extranjera que considera necesario para revitalizar la economía mexicana. Los dos objetivos no se excluyen mutuamente, pero la pregunta aún permanece: ¿Hasta qué punto sacrificará Salinas su compromiso con la calidad ambiental para lograr sus metas económicas?

El curso de las negociaciones sobre el Tratado de Libre Comercio entre México y los Estados Unidos probablemente revelará el grado del compromiso de Salinas hacia la protección ambiental. Ambientalistas en ambos lados de la frontera están preocupados, ya que consideran que en su ansia por atraer inversión extranjera, la administración de Salinas no aplicará las leyes anticontaminantes a las compañías extranjeras. Los funcionarios de la SEDUE, interesados en aplacar este temor, expresaron su determinación de evitar que corporaciones multinacionales «fueran a tirar su contaminación» sobre ciudadanos mexicanos. Agregaron que la meta del país «no era atraer industrias contaminantes, sino usar el tratado de libre comercio para sustituir con industrias limpias a las sucias». Las autoridades mexicanas insistieron que podrían moldear la dirección de la inversión extranjera.

La experiencia reciente con el libre comercio en el norte de México, sin embargo, ocasiona serias dudas sobre si el gobierno mexicano puede reglamentar efectivamente a las compañías extranjeras. En 1965, México y los Estados Unidos llegaron a un acuerdo que no sólo permitiría a los negocios norteamericanos operar al sur de la frontera, sino que, además, los exentaba de la mayoría de las barreras arancelarias y comerciales. Hoy en día, la industria maquiladora (predominantemente corporaciones multinacionales con base en los Estados Unidos que arman en México partes traídas de Norteamérica y luego regresan el producto terminado), está conformada por casi dos mil empresas, muchas de las cuales generan contaminantes atmosféricos y desechos tóxicos. La Ley General del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente incluye reglamentación estricta para la disposición de sustancias peligrosas, las cuales se aplican a corporaciones tanto nacionales como extranjeras. Aún así, sólo el 30% de las maquiladoras que manejan productos químicos tóxicos se han registrado con el gobierno y únicamente 19% disponen apropiadamente sus desechos

Como un anexo al Tratado de Libre Comercio, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) de los Estados Unidos y la SEDUE han acordado evaluar los riesgos ambientales que presentan las ma-quiladoras que operan en la frontera. En un continuo esfuerzo por agradar a los ambientalistas en ambos lados de la frontera, y lograr su apoyo al Tratado de Libre Comercio, las administraciones de Salinas y Bush anunciaron el establecimiento de plantas de limpieza ambiental para los terrenos fronterizos. En 1990, los gobiernos de México y los Estados Unidos acordaron financiar conjuntamente una planta de tratamiento de aguas negras para San Diego-Tijuana, con costo de 192 millones de dólares, que se localizaría justo al norte de la frontera (12 millones de galones de aguas negras y productos químicos se vierten diariamente en el río Tijuana, parte de los cuales fluyen al Océano Pacífico y luego bañan la Playa Imperial cerca de San Diego). México ha destinado 460 millones de dólares en tres años (1992-1994) para atacar problemas de contaminación en la zona fronteriza. Como parte de este esfuerzo, Salinas ofreció aumentar el número de inspectores de la SEDUE en la frontera, de cincuenta a doscientos. El programa norteamericano contempla el gasto de 379 millones de dólares en dos años (1992-1993) principalmente para tratar los problemas ambientales en el lado norteamericano de la frontera. El director de la EPA, William Reilly, reconoció, sin embargo, que se necesitarían tres mil millones de dólares para enfrentar solamente los problemas del agua.

De cualquier modo, el plan México-Estados Unidos no apaciguó a los ambientalistas que se oponen al acuerdo de libre comercio. No sólo consideran inadecuado el esfuerzo de limpieza, sino que también están molestos por las negativas de los presidentes Bush y Salinas de llevar a cabo una evaluación ambiental completa como parte del pacto de libre comercio. Debido a que los dos presidentes colocan en lugar secundario los asuntos ambientales y tomando en cuenta los esfuerzos casi infructuosos del gobierno mexicano para reglamentar la industria maquiladora, los am-bientalistas de ambos países están justamente preocupados por las consecuencias ecológicas de abrir a México para la inversión extranjera. Temen que, junto con más industria, los problemas de contaminación de México se verán exacerbados por la expansión del comercio. Si el acuerdo de libre comercio da por resultado un deterioro sustancial del medio ambiente mexicano, será una amarga herencia de dos presidentes que se decían preocupados por los problemas ambientales.

Además del TLC, otros dos eventos que se están desarrollando pueden tener impacto sobre el futuro de la política ambiental en México: las consecuencias desastrosas de la explosión de gas en Guadalajara, que mató a 192 personas en 1992, y la proyectada terminación de la SEDUE.

Los eventos inmediatos que rodearon a la explosión en Guadalajara en 1992, fueron extrañamente similares a aquellos en San Juan Ixhuatepec ocho años antes. Una vez más, Pemex trató de culpar del desastre a otra industria, ahora una planta de aceite comestible, a pesar de que los tanques de hexano (un liquido volátil) de la planta, estaban llenos un día después de la explosión. Más aún, durante varios días antes del evento, la gente se había quejado de un olor a gas que venía del drenaje de la ciudad, gas que se había fugado de una tubería de Pemex. La diferencia con otros desastres similares anteriores fue que los investigadores oficiales rápidamente implicaron en el desastre al monopolio petrolero, junto con autoridades estatales y municipales. Unos días después de la explosión, el gobierno acusó de homocidio por negligencia a cuatro funcionarios de Pemex, a tres de la compañía de aguas municipal, al presidente municipal de Guadalajara y al secretario de desarrollo urbano de Jalisco. Por otro lado, la explosión mostró el fracaso de las autoridades para hacer cumplir las leyes de salud, de seguridad y ambientales. La administración de Salinas pudo tomar la tragedia como una oportunidad para revisar la seguridad de todas las instalaciones de Pemex en México y para reparar las inseguras. Manuel Camacho Solis anunció que se revisarán todos los sistemas de drenaje de la Ciudad de México para localizar posibles fugas de gas. Desafortunadamente, sin embargo, la tragedia de Guadalajara probablemente no permanecerá mucho tiempo en las mentes de los funcionarios públicos.

Algunos ambientalistas mexicanos están desconcertados con la proposición de Salinas de reemplazar a la SEDUE con una supersecretaría de desarrollo social que administrará su programa de obras públicas contra la pobreza conocido como Solidaridad, promoverá los derechos y la educación de los indígenas, y asumirá las funciones de la Secretaría de Vivienda y Planeación, de la Secretaría Forestal y de Manejo de la Tierra y de la Comisión Nacional de Ecología. Homero Aridjis dijo que la decisión de Salinas de desmantelar la SEDUE lo hace «ver como si tratara de marginar la ecología o enterrar los riesgos políticos.» Martín Goebel, que encabeza el programa mexicano de Conservation International, hizo notar que la inclusión de funcionarios ambientales y forestales en una misma secretaría probablemente llevaría a un enfrentamiento, ya que «el servicio forestal ha combatido al movimiento ambientalista en México a cada paso. Los forestales están entrenados en la administración de cultivos y no en manejar el bosque como un ecosistema.» Por el otro lado, Federico Estévez, un politólogo del Instituto Tecnológico Autónomo de México, cree que si la nueva Comisión Nacional de Ecología «tiene dientes y es manejada por técnicos expertos, y no por políticos, entonces una agencia descentralizada y apolítica haría un mejor papel que un ministerio de ecología.» Ciertamente, el punto crítico es saber si las preocupaciones ecológicas perecerán o florecerán en una secretaría de desarrollo social. Como en el acuerdo de libre comercio, la respuesta podrá depender del compromiso del presidente hacia la protección ambiental.

Aparentemente, en los ochenta ocurrió un cambio importante en la percepción de los problemas ambientales por parte de los líderes políticos. La retórica de Miguel de la Madrid y de Carlos Salinas de Gortari indicó un cambio en la interpretación de que tenían Luis Echeverría y José López Portillo con respecto a que la contaminación debería ser considerada como una amenaza a la salud pública que podría ser resuelta por medio de la acción gubernamental limitada. Miguel de la Madrid y Carlos Salinas a su vez, la identificaron como una parte de un conjunto de problemas ecológicos que sólo se podrían resolver mediante acciones concertadas entre el gobierno y la sociedad. Mientras que Echeverría y López Portillo pretendían resolver los problemas ambientales sin alterar significativamente el desarrollo industrial, de la Madrid y Salinas hablaban de modificar los planes económicos para tomar en cuenta las necesidades del medio ambiente. En la retórica, por lo menos, de la Madrid y Salinas han colocado las consideraciones ecológicas al mismo nivel que las consideraciones económicas. La mayoría de los ambientalistas mexicanos ponen en duda seriamente que haya ocurrido ese cambio fundamental. El impacto del complejo movimiento ambientalista sobre los políticos y la sociedad de México es un relato aparte por derecho propio.

 

 

 

Periférico 5000, Col. Insurgentes Cuicuilco, C.P. 04530, Delegación Coyoacán, México D.F.
Última Actualización: 27/08/2007